música por todas partes, mis abuelas, mi mamá, mi papá, la música como compañera; sin grandes aspavientos, sin grandes ambiciones, vestida de muchas cosas, de salsa, de gregoriano, de rag, de tonadas llaneras, de los melódicos y la billos, de todo lo coral, de piano, de guitarra, de serrat.//. profe profesional desde que tengo memoria, de las que de jovencita veía una clase y pensaba del maestro “no sé lo que enseña pero no se enseña así”.//. naturalista por naturaleza, bichos, olas, piedras, nubes, genes, gente.//. lectora intermitente, creyente intermitente, cinéfila intermitente, amiga intermitente; crítica permanente, enamorada permanente, entusiasta permanente, testigo permanente.//. mamá por vocación y convicción.

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Naci el 23 de noviembre de 1960 en Caracas, aunque mi cédula venezolana dice Los Teques y mi DNI Los Reques. Con un comienzo así cuánto orden se puede esperar. Comencé el colegio con muy buen pie, en el Artes y Ciencias bailábamos, cantábamos, hacíamos experimentos y hablábamos inglés. Allí, en el cole, me dieron mis primeras lecciones de piano; las de música las tenía en casa con mis padres y en casa de mis abuelas. La profe de piano se llamaba Beatriz y tenía ojos verdiazules como de gato, yo tenía 6 o 7 años pero recuerdo perfectamente que me quedaba mirándolos hechizada.

En 5º de primaria pasamos al Centro Docente Católico, que no era de monjas sino peor. Una vez me pillaron haciendo el payaso en misa y la directora me tuvo un rato interminable en su despacho con los brazos en cruz reflexionando sobre lo que había padecido Jesús. Lloré tanto que el uniforme verde se volvió negro. Pero en este cole seguí cantando y enseñaba a mis compañeritas las canciones a tres voces que aprendía en la escuela de música Juan Manuel Olivares con Modesta Bor. Así que disfrutaba dos veces, aprendiendo y enseñando. Seguía con el piano y mi profe pensaba que podía ser pianista. Yo no lo tenía tan claro porque me daban unos dolores de estómago tremendos cada vez que debía tocar en público. Terminé la primaria cantando y tocando piano, con buenas notas y soñando con el príncipe azul.

Allí mismo hice el bachillerato, lo saqué sin darme demasiada cuenta, con buenas notas, cantando gaitas en navidad, soñando a veces con ser actriz de cine, otras pianista, otras científica y otras princesa. La música era un destino tan natural que para ejercer de adolescente me matriculé en Biología en la Universidad Central de Venezuela, “la pública”, que a mi papá le daba repelús “llena de comunistas y acomplejados”. Allí descubrí el método científico, la pobreza de los otros, los primeros suspensos de mi vida, me sacudí lo que me quedaba de arrodillarme en misa, y tuve mi primer príncipe azul que por supuesto tenía ojos de gato.

Después de unos semestres de bichos, salidas de campo para buscar más bichos y terminar amando a los bichos vertebrados e invertebrados tanto que no era necesario seguirlos estudiando, dejé la universidad y opté al fin por la música, especialmente el canto coral que había redescubierto con Alberto Grau en la Schola Cantorum de Caracas. Fue un amor definitivo, y en adelante me quedé ya con los coros y la enseñanza. En la Fundación del Niño descubrí el folklore, y en el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles durante 15 años viví lo que la música es capaz de hacer más allá del arte. Viajé cantando y estudiando, a veces gregoriano, a veces dirección, a veces para dictar algún curso y a veces porque sí. Me enamoré más veces, de príncipes con y sin ojos de gato, y nacieron no por generación espontánea mis hijos mayores, Zoltan y Catalina.

Una vez pensé que viviría en París y otra en Bolivia, pero en 1998 entré en una lista de usuarios de ICQ, un programa de comunicación anterior al Messenger, que cuando te llegaba un mensajito sonaba “cúcu” (con la primera más aguda), y allí dejé mis datos. Recibí un mensaje desde Mallorca; que en ese tiempo no salía en el mapa. Después de varios megas de cartas y mensajes, un periplo muy romántico por Milán, Cremona, Santiago y Alcudia; aliñado con ocho horas diarias de canto gregoriano en Cremona y luego ocho horas más del Mesías versión Mozart con Rilling en una Academia Bach en Galicia, solo quedó decidir “nuestra casa o la vuestra”, y juntar los ocho hijos que ya acumulábamos.

La pequeña isla mediterránea se resistió lo suyo; luego vinieron tiempos de clases de piano, solfeo, el primer coro infantil en el Colegio de Las Trinitarias, el paso por los coros de la UIB, asentarme como profesora, dar forma a los tres coros que dirijo con ganas e ilusión, y seguir acompañando a una familia a la que se sumaron Abril y Luci. Escribir un poco aquí y allá, publicar algunos artículos y seguir imaginando nuevos proyectos que se hacen realidad poco a poco. Celebré mis primeros 50 años en Banyalbufar, con tanta gente guapa alrededor que ya espero los 100 para volverlos a reunir.

Algunos domingos me siento un poco mayor, y algunos lunes un poco menor. Quizá tendría que hacerme una web de directora divina de la muerte, pero soy más los pollitos dicen. Sigo cantando y amando.


irina.capriles@gmail.com