En la casa de mi abuela entra mucha luz natural y también la lluvia y el aire de invierno.
El caso es que como no quería hacer ningún tipo de reforma ni obra, poco a poco se fue formando un microclima especial, característico. Un ambiente de reposo a pesar del cierto olor a antiguo que se mezclaba con el del café y las tostadas.
La abuela tenía una chaise longue, así un poco retro, con una tapicería llena de flores. Ahí pasaba horas leyendo con una enorme lupa porque la pobre veía muy mal; o escuchaba música mientras seguía la partitura. Tenía cientos de partituras almacenadas. Había sido toda su vida, bueno, hasta que se lo permitieron sus dedos, profesora de piano. Su hijo, mi padre, era violinista y su nieto, yo, estudiante de economía. Esto no me lo perdonó nunca, no porque quisiera que me dedicara a la música sino porque se le metió en la cabeza que tenía que ser fisioterapeuta, no sé por qué.
Le encantaba la ópera y sobre todo Plácido Domingo. Se medio tumbaba en la chaise longue y con el mando a distancia dirigía la cadena de música: se saltaba los recitativos y ponía muchas veces seguidas los concertantes finales o canturreaba alguna que otra aria. Pronto hubo que comprarle unos auriculares porque se estaba quedando un poco sorda y ponía el equipo a toda pastilla; los vecinos, como es normal, empezaron a quejarse. Un día conseguimos llevarla a unos grandes almacenes para que eligiera los cascos que más le gustaran y cómo no, cogió unos enormes de color rosa, de esos profesionales que utilizan los DJ’S. Parecía una Dama de Elche viejecita venida del futuro.
La abuela siempre quiso tener muchos nietos pero hubo de conformarse sólo conmigo. Pasó una temporada indignada porque decidí que me gustaba más Platón que Aristóteles. Ella decía que la gente es platoniana por comodidad, porque Aristóteles es un pelín más complicado y no se suele entender a la primera de cambio. Así que, se le ocurrió tirarme a la cabeza un libro que tenía en su casa: “Cinco Lecciones de Filosofía” de Zubiri, que claro, yo no leí, y claro, ella de morros.
En Marzo se le murió el único viejo amigo que le quedaba y a partir de entonces se puso imposible. Dijo que no estaba dispuesta a sobrevivir a nadie más.
Se volvió gruñona, no quiso leer más libros, -para qué-, decía. Dejó de escuchar ópera y se pasó a las Misas de Requiem y al Officium Defunctorum de Victoria. Mi padre se subía por las paredes, discutiendo con ella constantemente.
A todo esto empezó a aficionarse a tomar valerianas, con lo que se quedaba dormida a cada rato. – A lo mejor en una cabezada de estas no me despierto, que ya va siendo hora a mis 84 años- declamaba en plan dramático.
El domingo pasado fuimos como siempre a desayunar con ella.
En casa de mi abuela entra mucha luz natural, la de la luna también, y se filtra la escarcha de la madrugada.
Al llegar la vimos dormida en la chaise longue entre las flores de la tapicería como un duende extraño, diminuta con sus auriculares de insecto gigante. Tenía en el regazo una partitura abierta pero la música hacía tiempo que se había acabado. Mi padre hizo ademán de ir a despertarla pero al primer paso se detuvo en seco. Se la quedó mirando mientras se llevaba las manos a la boca, mientras decía -no- con la cabeza.
En casa de mi abuela entra el agua de la lluvia primaveral y es como si las paredes lloraran.
Se acercó mi padre para hacerle una especie de última caricia y apartando la partitura, con voz rota dijo: - Mondnacht, Schumann- Yo me eché a llorar.