¡libros, libros!, pero podría ser ¡teatro, teatro! o ¡música, música! o ¡danza, danza!…

Categoría: Educación, Textos y poesías
19 de Diciembre del 2011

Medio pan y un libro
Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931…

“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. “Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada. “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos.

Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. “Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? “¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida. “Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

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gracias por el envío Cati.

el buen ángel que llevamos dentro

Categoría: De la vida y de la muerte, Textos y poesías
21 de Noviembre del 2011

Ibsen nos envía este artículo de Héctor Abad Faciolince, publicado el 13 de este mes en el diario colombiano El Espectador. Aquí os lo dejo, y al final añado un vídeo que envía Maite para equilibrar la balanza, y apuntar, que quizá la diferencia enorme es que ahora sabemos.
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Decía Karl Popper que la religión dominante de nuestra época podría definirse en una sola frase: “el malvado mundo en que vivimos”. Según el pensador austríaco la peor influencia de muchos intelectuales (de izquierda y de derecha) era haber convencido a los jóvenes de que estaban viviendo en un mundo moralmente malo y en una de las peores épocas de la historia. A pesar de haber padecido la persecución nazi en los años treinta del siglo pasado, Popper sostenía que esa afirmación sobre la maldad del mundo occidental era una gran mentira. Para él no había habido nunca un sistema social mejor —o menos malo, si quieren— que el consolidado en las sociedades europeas occidentales a finales del siglo XX. Esto, decía, no asegura nada hacia el futuro, pues “no existe ninguna ley histórica del progreso”.

Estoy leyendo un libro fascinante que confirma las tesis de Popper al menos en un aspecto fundamental: la violencia. Con infinidad de números cuidadosamente estudiados, tablas y estadísticas bien calculadas, y datos históricos comprobables y apabullantes, este libro demuestra que nunca antes en la historia del mundo —si se promedian cifras globales— habíamos vivido una era menos violenta. Este horrible mundo en que vivimos, con las masacres de Abu Ghraib y de Mapiripán, con las Torres Gemelas y las guerras de Irak, Afganistán y Libia, es un mundo muchísimo más pacífico y seguro que —digamos— el de las guerras napoleónicas, el de la guerra civil americana o el de nuestras guerras de independencia.

Me imagino la sonrisa escéptica de quienes piensan que vivimos en el peor de los mundos. Yo les propongo que lo discutamos después de leer este tratado de Steven Pinker (The Better Angels of Our Nature, El buen ángel que llevamos dentro) sobre por qué ha descendido la violencia en el mundo, desde los tiempos prehistóricos hasta nuestros días. Pinker acaba con miles de mitos románticos sobre el buen salvaje, o las maravillas de las sociedades primitivas y anárquicas. Con una perspectiva más hobbesiana —la utilidad de que se imponga el imperio de la ley— y siguiendo de cerca las tesis de Norbert Elias sobre El proceso de civilización, Pinker hace una fascinante historia del homicidio y de la progresiva disminución de la violencia en todas las sociedades (con retrocesos y altibajos, claro). Oigan esto increíble pero cierto: es menos probable morir asesinado hoy en Colombia que en la España del Siglo de Oro.

En Colombia, el país de la violencia y de los violentólogos, este libro de Pinker debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de ciencias humanas. Según el último “Estudio Global sobre Homicidios”, publicado hace poco por las Naciones Unidas, Colombia, a pesar de grandes avances en el último decenio, sigue siendo uno de los países más violentos del mundo. Cuando México se nos pone como ejemplo de disminución de los asesinatos, se olvida decir que nuestra tasa de homicidios duplica la de ellos (nosotros 38 por cada 100 mil habitantes año, ellos 19). Pero podemos consolarnos con otros: Guatemala, Honduras y Venezuela tienen tasas mucho más altas que las nuestras.

El libro de Pinker es un tratado científico que va en contra de nuestra pereza mental y de nuestros prejuicios ideológicos. Pero va mucho más allá pues de sus estudios podría también derivarse un manual de cómo conseguir que la violencia disminuya. Las tasas de homicidios de una ciudad como Medellín siguen siendo tan altas como las que tenían las ciudades europeas durante el Renacimiento. Estamos, pues, todavía muy atrás en el concierto de las naciones. Un tratado que nos muestra qué hay de bueno dentro de todos los seres humanos, y dentro de nuestra cultura, puede ayudar mucho en un propósito que debería ser el primero de cualquier gobernante aquí: disminuir la violencia.
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soneto de pere orpí

Categoría: Mallorca, Textos y poesías
15 de Septiembre del 2011

L’ona no sap quina serà la roca
per on enganxarà la cabellera.
El vent no sap quin pi de la ribera
perfumarà sa fuita de miloca.

És l’ona un castell blanc que s’enderroca
i torna alçar més alta la cimera.
És l’aire un flabiol de cadernera,
un siurell ambulant que sempre toca.

Damunt el vestit blau de les onades
voldria reposar. M’adormiria
la cançó de bressol de les ventades.

Per què m’atreu la tempestat desfeta?
No sé quina resposta us donaria:
perquè som foll, o músic… o poeta.


del libro A contrallum, 1979.


 

stavanger

Categoría: Textos y poesías, Venezuela
21 de Agosto del 2011

Nancy Felce envía este artículo de Antonio López Ortega aparecido en el diario venezolano El Nacional el 4 de agosto. Además de interesante tiene resonancias que nos tocan cada vez a muchos más.
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Hacia el sur de Noruega, en plena costa, en forma de bahía cerrada o protegida, existe una ciudad apacible llamada Stavanger. Quien la ubique en el mapa, la reconocerá a la altura de Dinamarca, casi como una cuña de territorio noruego que incide en el vecino del sur. Sus pobladores hablan de temperaturas benignas, con 5 o 10 grados de diferencia, sobre todo si se comparan con las de Oslo, y también de una cálida corriente marina. En verano, Stavanger tiene 20 horas de luz, y en invierno, sólo 4. Ciudad de 200.000 habitantes, no más, lo que ya es una cifra alta para los estándares nórdicos, el resto de la descripción debería hablarnos del orden de las calles, de algunas iglesias, de plazas y parques, de escuelas magníficamente equipadas. Con los más altos índices de calidad de vida y de convivencia, que Noruega y otros países nórdicos exponen para envidia del resto del mundo, Stavanger debería ser un nido de recogimiento, una estampa cívica donde los niños crecen creyendo que el planeta Tierra es en verdad el paraíso.

Desde estos horizontes con cárceles dominadas por sus propios presos o tasas de secuestros que suben como espuma, poco o nada nos debería interesar Stavanger. A no ser por el hecho concreto, comprobable, de que al menos desde 2002, o antes, en la bella ciudad costera viven alrededor de 150 familias venezolanas. Entre padres, madres e hijos podríamos estar hablando de cerca de 500 ciudadanos venezolanos que ya llevan una década en suelo nórdico y que no tienen la menor intención de emigrar hacia otros destinos. Sencillamente, por accidente o azar, Stavanger los ha acogido en su lecho como uno más de sus ciudadanos, brindándoles medios de vida, paz y armonía.

Se cuenta que en el origen de este núcleo creciente está la explotación petrolera, y por ella han sido atraídos o contratados grupos variados de profesionales venezolanos, quienes una vez expulsados de la industria nacional han terminado fichados por reconocidas multinacionales o empresas proveedoras de servicios. La gran odisea explotadora del mar del Norte, con plataformas marítimas que soportan los más fieros embates de oleajes y frías corrientes, ya cuenta con su capítulo venezolano.

Las madres venezolanas consiguen en los mercados de Stavanger harina para hacer arepas, los padres organizan equipos de beisbol y los jóvenes ya cuentan con un grupo de gaitas navideñas llamado “Noruegaita”. Una célula patria en medio del frío y los pinos, o más bien los signos de una diáspora secreta que se repite en Canadá, Australia, Colombia, España o Estados Unidos. Una nacionalidad quebradiza, atomizada, cada vez más ajena al origen, que se distribuye por el mundo, como gitanos de nuevo cuño. El país tiene el suficiente talento como para expulsar a sus connacionales y decirles que su destino está en las antípodas, y nunca en suelo propio, de donde son execrados por persecución o falta de oportunidades.

Me detengo a pensar, por sólo unos instantes, en esos venezolanitos, entre uno y diez años, que crecerán en Stavanger y harán de Noruega su patria supletoria. Hablarán un idioma exótico, tendrán novias o novios nórdicos, y dejarán en esos linajes vikingos apellidos de sonoridad muy castiza. El país será apenas un mal recuerdo, que sus padres dejaron atrás, para beneficio de ellos. Esa es la impronta que nos marca: el olvido, el desconocimiento, la fuga, la necesidad de irse a otra parte, porque el país nos expulsa por violento, injusto o indócil.

Nuestra historia se contará en otro sitio, en otras mentes, en otros suelos, y ya habrá algún heredero en Stavanger, escritor reconocido, que rescatará un origen sepultado para componer una saga novelística de crímenes, raptos y desamores. Nuestro futuro está en Stavanger y no lo sabemos.

el chaval

Categoría: Educación, Mallorca, Textos y poesías
14 de Julio del 2011

La Universitat Oberta per a Majors que funciona dentro de la Universitat de les Illes Baleares y que ayer realizó su acto de fin de curso, ha incluído entre las activiades dirigidas a sus alumnos este año, un concurso de relatos breves en catalán y castellano, el título que daba pie a los escritos fue ”La Universidad en 550 palabras”. Eugenio me envía el relato ganador de la categoría de lengua castellana; su autor, Xisco Montoya, es uno de nuestros cantaires de la CAUOM y también del Orfeó Ramon Llull. Enorabuena Xisco, y que sigan la ilusión y las ganas de hacer y aprender!
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El Chaval

El chaval estaba nervioso, con cierta ansiedad, inquieto y con una gran curiosidad que le ocasionaba como un cosquilleo en su interior. Estaba en los albores de una nueva experiencia y por ello y por todo lo que le venía a la cabeza y que había oído comentar un día aquí otro allá, a los adultos a los que sabían un poco de todo, decían: la Universidad, ¡madre mía!, esto es muy difícil. Los chicos de hoy en día, casi todos quieren estudiar, pero la realidad es que pocos llegan al final con unas notas aceptables y sobre todo con las ideas claras de lo que han aprendido. Tendría que sumergirse en un mundo ciertamente desconocido, abordar materias nuevas de las que había oído hablar muy poco o nada. Él recordaba haber escuchado cosas, palabras que le sonaban como si fueran de otro idioma, “año luz”, “genes”, “átomos”, “el ego” y tantas otras, y ahora de pronto se daba cuenta que tendría la oportunidad de comprenderlas y que podría conocer a través de los profesores las materias que le explicarían el significado y el sentido de esas “palabrejas”. Sabía que entre las asignaturas que tenía que estudiar, había Genética, Literatura, Psicología, Astronomía, Leyes, Ecología, Historia, etc. etc. y esto le producía una gran excitación.

El curso empezó y el chaval se fue sumergiendo en el mundo que había imaginado y cada día que pasaba se daba cuenta de que la realidad de lo aprendido estaba infinitamente por encima de lo que él jamás hubiera imaginado. Aprendió que en la prehistoria los hombres sabían hacerse sus casas y sus templos o lugares donde reunirse y que eran capaces de mover grandes piedras y colocarlas en lo alto, aprendió también que el sol, esta estrella que nos da luz y calor es en realidad un gran horno atómico y que un día, afortunadamente muy lejano, se apagará, que los seres vivos estamos formados básicamente por genes y que estos forman cromosomas y que cada ser viviente hereda veinte y tres pares de cromosomas unos de la madre los otros del padre y que ser hombre o mujer depende de un solo cromosoma masculino, “qué cosas, Dios mío” se decía el chaval. Pero ahí están todas estas palabras, teorías, conocimientos descubiertos por el hombre en su larga andadura por esta vida y por este planeta, y yo un sencillo ser humano, un pequeño eslabón de esta gran cadena que conforma la totalidad de la humanidad, tengo la posibilidad de aprender y comprender, de compartir en las tertulias con otros chavales y comprobar cómo se admiran de mis conocimientos y a la vez sienten curiosidad y ganas de experimentar ellos también estas sensaciones.

En verdad esta experiencia de la universidad es un don del cielo que ha caído en mis manos, pensaba, y que tengo la suerte de poder disfrutar, con estas ansias de saber, de la curiosidad que, pensaba él, era lo que le había permitido al ser humano llegar a estos niveles del conocimiento y la razón, fruto de años y años de estudio de esfuerzo y de voluntad, y que él podía recoger ahora igual que si cogiera frutos maduros, del gran árbol del conocimiento. Estos pensamientos le llenaban de satisfacción y orgullo y se decía que todo esto era la prueba palpable de que el saber no ocupa lugar o mejor dicho que ocupa infinitos lugares de la mente y se queda ahí retenido como una fruta que guste mucho y que se pueda disfrutar de ella todas las veces que se quiera.

Pensaba también en el orgullo que tendría al terminar sus estudios y obtener el diploma que le acreditara como una persona comprometida con el saber y con el conocimiento y que probablemente esta inquietud la tendría el resto de su vida. Sí, aunque fuera difícil, que ya lo decían los mayores, valía la pena el esfuerzo. La universidad sería su casa, su mundo. Esta era su gran apuesta.

El chaval estaba a punto de cumplir los 65 años y se había matriculado en los cursos de la Universidad para Mayores UOM.

Francisco Montoya Puig
Alumno de 1º de la UOM

indignaos, de stephane hesse

Categoría: De la vida y de la muerte, Rayos y Truenos, Textos y poesías
31 de Mayo del 2011

Traducción de María Belvis Martínez García.

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