En la asignatura de “Representación escénica” los alumnos tienen que recitar. Escogen líbremente un poema de su gusto y lo presentan ante los compañeros. Las consignas; de memoria, y que la prosodia y la expresión facial y corporal vayan de acuerdo con las palabras.
Le pregunté a una chica después de escuchar su poema que de qué iba, si era triste o alegre, cuál era para ella el significado. Pareció sorprendida por la pregunta y dijo que no lo sabía. Mientras lo recitaba había estado recordando a Alberto Grau en una de aquellas largas sesiones de clase que atesoro en mi memoria. “La música no son notas y ritmos, ¿qué quieres decir, para dónde vas?”, “Elige una interpretación, no importa si es o no es la mejor, pero elige una”, “No vayas flotando a ninguna parte”, “Busca un sentido a cada frase”.
Eran indicaciones sobre música coral. Recuerdo que le molestaba que un alumno se conformase con que el coro cantase afinado y con el ritmo propuesto. Tal como las alumnas que recitaban presentando simplemente una demostración de memoria. Me lo sé. El coro se lo sabe, mira como cantan lo que está escrito.
El sentido profundo, lo trascendente, no está escrito. Viene de la interpretación; de una manera de entender lo que el lenguaje deja fijado en el papel. No basta con que la música suene, que las palabras sean dichas, hay que ir a alguna parte con ellas. Como decía Alberto, y no importa si la elección es errada, hay que elegir, de esas elecciones se aprende.






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