Todos los best sellers tienen cosas en común, una historia trepidante o rara que combina acción, amor, misterio, suspenso, humor, a veces realidad, a veces fantasía, unos personajes creíbles, una forma de contar que fluye rápido, que no usa un vocabulario rebuscado o demasiado culto, y si lo usa tiene que darte pistas para no necesitar el diccionario constantemente. Un best seller da tema de conversación en la sobremesa y desde hace tiempo se escribe pensando en el cine. Un best seller casi siempre se olvida tan rápido como se lee. Harry Potter quizá tiene todos estos elementos pero el último no, llegó para quedarse, para quedarse para siempre en un lugar especial de la biblioteca y del corazón.
Te puede bastar como historia de magos y brujas, de buenos y malos, de amigos y enemigos. Puedes detenerte en las imperfecciones de la forma, en esas frases que dices “ay que rápido escribió esto, que pena”, pero sigues leyendo; a veces quieres que la culpa sea de la traductora, pero es posible que no sea así. Y sigues leyendo; el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, y te detienes y dices qué grande es. El sexto y finalmente el séptimo, lo lees primero con prisas en la traducción de los fans que te has bajado de la red, después con más calma en tu libro apartado con anticipación y esperado con ilusión juvenil.
Y entonces hablamos de la soledad, de las ausencias, del miedo, del valor, de la justicia, del amor y de las lágrimas; pero también de venganzas y sacrificios, de la ambición y la envidia. De una ética que no es lección de urbanidad y buenas costumbres, sino elección en cada personaje. De valores clarísimos y universales que flotan por toda la saga como si nada, porque no se pensó en ellos para escribir un manual del niño bueno y el hombre malo. A veces me parecía bibliografía básica de la declaración de los derechos humanos.
Mi hijo mayor en una de tantas conversaciones familiares sobre los libros y las pelis me dijo “mamá es que yo tenía 11 años cuando comencé a leer Harry Potter y ahora en el séptimo libro tengo 18… he crecido con Harry”. Y recordé a Bruno Bettelheim explicando la importancia de los cuentos de hadas como compañía en el camino de la infancia, como oportunidad para liberar las dudas y conflictos interiores. Y las hijas más pequeñas opinan y preguntan y cada por qué es una oportunidad para enseñar, para compartir y para sembrar. Y la otra hija odia y ama a cada personaje y critica todo lo que no sale en las películas, y entre el mayor de 18 y la pequeña de 4 se ha tejido otra historia en común, la vida de Harry Potter.
Pero yo no soy una niñita, ni una adolescente… soy una señora grande. Una señora que agradece la oportunidad de leer una gran historia que te agarra de las tripas y del corazón, que le habla a tus hijos y alumnos de familias monoparentales y familias numerosas, de gentes que segregan a otros por su raza y nos allana el camino para explicar cualquier holocausto del pasado y del presente. Un discurso a favor del estudio porque no hay buena magia si no empollas en serio, y no hay buen quidditch si no practicas. Un universo donde existe la historia, la mitología y la naturaleza. Donde se insiste desde el primer libro hasta el último en que el amor es la única respuesta.
Y todo esto es lo que define la literatura, su capacidad para conmovernos y recordarnos que lo que somos y hacemos puede ser trascendente.
En estos tiempos complejos donde educar es una aventura o una heroicidad, que un libro fantástico sea una referencia y un soporte definitivamente lo convierte en “una obra sobresaliente y de muy altos ideales” y el medio es la palabra escrita, palabra que se paladea en silencio y en soledad.