La presencia de la Cocacola y su corte en la mesa, en casi cada comida, en cada restaurante, y por supuesto en los lugares de comida rápida, donde está en su nicho natural; me fastidia. Creo que es un empobrecimiento total no solo del paladar, también de la imaginación a la hora de acompañar las comidas. No es cuestión de “o agua o vino”, es que comer con Cocacola una comida rica de las que hacen “chup-chup” lo encuentro una ordinariez, con perdón. Ya la propia botellota de plástico es un adefesio que fastidia cualquier mesa medianamente puesta con su mantel y sus cubiertos. Al menos cuando había botellas de vidrio con aquella formita curvilínea no desentonaba tanto. Pero es una batalla perdida a menos que quieras volverte una pesada. Cuando los hijos se descuidan, pongo la botella de Cocacola en el suelo, y cuando la piden la levanto se sirven y la vuelvo a poner en el suelo; al menos no verla.
Quizá tenga que ver con mis raices, en Venezuela es costumbre comer con zumos de frutas; grandes y coloridas jarras, llenas de zumo dulce y con hielito, adornan la mesa. De parchita (maracuyá), de patilla (sandia), de piña, naranjadas, de guanábana, tamarindo, guayaba… o una jarra de limonada. Y si no te apetece fruta venga el te frío, y por qué no, alguna vez unas latas de cocacola, o seven-up. Con frecuencia cerveza fria y menos vino porque no es país productor, así que el vino en la mesa siempre fue para las ocasiones especiales. Y en casas con niños litros y litros de leche, en cualquier comida, blanquita o con chocolate de estos de mentira que hay en todo el mundo. Y en muchas casas agua y punto. El sabor, el de la comida, es el argumento. Vuelvo a la Cocacola. Dicen que crea adicción; la verdad es que creo que sí. No sé si es el gas y las burbujitas en la garganta, o solamente que es guay, moderna, del nuevo mundo; del norte del nuevo mundo. O la publicidad que la ha convertido en icono socialmente aceptado, fraterno, interracial, intergeneracional; todos nos encontramos ahí, alrededor de una lata de Cocacola.
Bueno, yo no.

Cocineras: Esperanza, Luci, Abril y Paula. Y hay que decir que les quedaron estupendas!
Lo envía Joan Vives…
Es un aminoácido que está en montones de alimentos ricos en proteinas (carnes, pescados, en la leche materna, en quesos como el parmesano y el roquefort, en el jamón serrano…) y también en espárragos, tomates, setas y algas marinas, entre otros muchos. El glutamato puede obtenerse a través de la fermentación de la caña de azúcar o de diversos cereales convirtiéndose en un tipo de sal sódica que se utiliza como condimento, sazonador, o intensificador del sabor, industrialmente conocido como E621. También estimula la secreción de saliva y potencia la secreción de jugos gástricos. Hasta aquí nada del otro mundo, la cosa se pone interesante cuando en el año 2000 se demostró (ver la revista Nature de febrero) que es uno de los sabores básicos que reconoce la lengua; es decir, que en la lengua, además de receptores para los sabores salado, ácido, dulce y amargo de toda la vida, también hay receptores que identifican específicamente varios amimoácidos, y especialmente el glutamato sódico (la sal del glutamato). Esto en sí mismo ya es toda una revolución, para empezar hay que cambiar los libros de “medi” o “ciencias naturales”, y enseñar a los niños que no son cuatro, sino cinco sabores. Y para los adultos mayores de digamos, 40 años, quitarnos de la cabeza las telarañas de que el glutamato era dañino, se asociaba a la obesidad, era un condimento peligroso y provocaba el controvertido malestar llamado “síndrome del restaurant chino“; todos, argumentos descartados por decenas de investigaciones (ver aquí y también el punto de “seguridad alimentaria” en Glutamato monosódico). La cocina japonesa basada en alimentos poco cocidos o directamente crudos, permite reconocer este sabor sin que sea enmascarado por mezclas y guisos, más comunes en la cocina occidental
En 1908 el investigador Kikunae Ikeda de la Universidad Imperial de Tokio, identificó y aisló la molécula del glutamato monosódico en concentrados de caldo del alga kombu (Laminaria japonica), y bautizó este sabor como umami. Llevó su descubrimiento en 1912 al VIII Congreso Internacional de Química Aplicada donde explicó que “Un paladar atento detectará un rasgo común en el sabor de espárragos, tomates, quesos o carnes, un matiz bastante peculiar y que no puede ser encasillado dentro de ninguno de los cuatro sabores clásicos”. El Dr. Ikeda, asesoró a la compañía japonesa Aijinomoto Kabushiki-gaisha, para la producción industrial del glutamato, cuyo producto Aji-no-moto (traducido como “esencia del gusto”) es de amplia distribución en todo el mundo. En algunos países se le conoce como “sal china” (aunque sea japonés..). Casi un siglo después, las investigaciones ratifican su descubrimiento. Y ahora; a apuntarse en un curso rápido de “cata de umami”…







Foto Per Endström