Uno de los criterios que usa la medicina convencional para invalidar los posibles efectos positivos de la medicina homeopática, o alternativa en general, es que los supuestos efectos positivos no son verificables y cuantificables a través del método científico, con pruebas y experimentos que confirmen en cualquier lugar y momento idénticos resultados. No puede medirse de manera fiable si realmente las gotitas, globulitos y demás hierbas en realidad curan. Quizá lo que falta es la reflexión sobre si será que no tenemos los instrumentos de medición adecuados.
Sabemos que el mundo microscópico existe desde que en el S. XVII Janssen y después Leeuwenhoek nos contaron todo lo que había en una gota de sangre, de agua o de semen. Y no habíamos podido ver un virus en su submicroscópico esplendor hasta 1931, gracias a Ernst Ruska y Max Knoll que desarrollaron el microscopio electrónico.
Estoy convencida de que el sufrimiento y la felicidad cambian el estado de nuestro cuerpo físico, del cuerpo físico de cualquier animal. Pero no tenemos tablas con los datos, no contamos con medidores que cuantifiquen cuánta y cuál infelicidad te producirá una jaqueca, una diarrea, un eczema o un tumor mortal. Por el momento parece que no hay forma de medir científicamente la relación entre una frustración silenciosamente prolongada y la aparición de un cáncer.
Sabemos que la fe no solo mueve montañas, también cura. Los estudios sobre el efecto placebo te dejan con la boca abierta, solo creer que algo te curará hace que te sientas mejor y que los síntomas que se reflejan a través del dolor y el malestar disminuyan o desaparezcan del todo. Se cree que los resultados positivos que tiene en algunos pacientes la medicina alternativa, se basan especialmente en el efecto placebo.
Desde hace ya más de un año que solamente como huevitos felices, huevos camperos que llaman, de gallinas que andan sueltas picoteando lombrices (o así me las imagino) o como decía mi abuela, de “gallinas mierderas” que comen lo que encuentren por andar sueltas en el corral o el patio. Y no como pollo porque ver un pollo del súper es ya verlo apretado en una jaula, con el pico cortado y con luz 24 horas al día para que coma más y crezca rápido. Un pobre bicho infeliz, para resumir.
Creo que comer animales que sufren tiene que ser malo para la salud; aunque no haya forma de probarlo. Una vez leí que los cerdos chillan distinto cuando van al matadero, y que al chillar así producen un tipo de toxina particular que afecta el sabor y quizá la calidad de la carne, pero es en cantidades tan pequeñas que no se considera peligroso. En realidad no contamos con medios para medir el efecto de esas toximas en nuestro cuerpo.
Las ovejas se enamoran y tienen amigos, reconocen las caras de otras ovejas de su rebaño, se desvelan si desaparece un miembro del grupo. Lo sabemos por estudios en los que han insertado electrodos en sus cerebros y han podido medir su actividad cerebral ante diferentes estímulos; concluyen que tienen sentimientos semejantes a las emociones humanas.
Intento ser medio vegetariana, pero había algo que no me terminaba de cuadrar en mi reflexión interna, me gusta la carne. Creo que lo importante no es comer o no carne animal, sino comer carne de animales que hayan vivido bien y que hayan muerto con dignidad, y esto es imposible de obtener en la carne industrial, donde no hay ningún tipo de respeto hacia los animales ni piedad ante su sufrimiento.
Y estas ideas me han rondado mientras intentaba mejorar la traducción del aria de soprano “He shall feed His flock like a shepherd” de El Mesías.








Foto Per Endström