- ¡devuélvemelo, es mío!- ¡pero tu no lo usas!
Categoría: De la vida y de la muerte, Familia15 de Agosto del 2011
Cuando una niña de ocho años esgrime el argumento de la falta de uso por parte del propietario para sentirse legítimada en su apropiación de un objeto, reconstruye en un instante y de forma espontánea toda la historia del derecho a la propiedad privada.
Y allí está la hermanastra de Cenicienta arrancándole del cuello el collar de cuentas olvidado en un cajón. Y los sin tierras reclamando un pedazo de suelo improductivo. Y unos cuántos más planteando qué justicia hay en la existencia de pisos cerrados cuando tanta gente necesita vivienda.
El “no robarás” repetido más de una vez en el Pentateuco y sentenciado como 7mo mandamiento para los católicos y 8vo para los protestantes, da por hecho que hay objetos (incluidos esclavos, mujeres y niños) que pertenecen de forma privada a su dueño. Nuestra muy querida Declaración de los Derechos Humanos y del Ciudadano, consagra la propiedad privada como un derecho “natural”, que nace con el hombre y no depende de ninguna concesión estatal (ni de reyes o iglesia como en la Edad Media).
Pero el lastimero “tu no lo usas” tiene su punto. Hiere al que escucha porque pone en evidencia la soterrada injusticia de toda la vida, lo que a ti te sobra a mi puede estarme haciendo falta.
Ya no te sirve. Tu no lo usas. Ni siquiera te gusta. Pero es mío. Aquí está, en el centro mismo de la vida familiar, la primera lección de capitalismo, lo mío es mío y con ello hago lo que quiera; y que te chinchen. Después vienen las matizaciones del “bien común”, la generosidad fraterna y el tramposo “las cosas son de quien las necesita” que de vez en cuando intentas que se aplique pero que sabes que no sirve para nada más allá de la puerta del piso.
No hay discusión posible frente al poder del tener y acumular. La libertad la hemos incorporado como la infinita capacidad de querer más, de poseer más… aunque no lo uses.






Foto Per Endström