Aquello de poner cámaras dentro de las clases y que padres y colegas pudieran observar lo que hacemos en las aulas estaría muy bien. Adiós al aula como espacio estanco y secreto donde la libertad de cátedra y la libertad para ser maleducado se reparten (a veces 50-50) el derecho a humillaciones, desplantes y groserías. La peor de ellas, la falta de equilibrio psicológico del adulto a cargo, incapaz de resetearse a la velocidad que el aula y la realidad social exige.
Hoy no es necesario un docente que sepa cosas, las cosas, la información, el conocimiento, están en todas partes, a un clic sin mover el culo de casa, los adultos lo sabemos, y los chicos también. Lo que necesitamos en el aula es un gestor social, tranquilo y seguro de su misión, una persona con empatía que domine la dinámica de grupo. Que, en primer lugar y por hacerle honor a la historia de la educación, sepa identificar a los chavales a quienes les gusta esta cosa rara de estudiar (mal conocida como empollar) y les anime a seguir sus inclinaciones sin dejarse influenciar por la realidad circundante que les informa diariamente que saber no es necesario, ni siquiera importante. Y sin desatender a este grupito, darse gusto con los más; trabajar la observación, la recogida de datos del entorno, el análisis de la realidad, la capacidad de opinar sobre lo que te rodea. Conversar sobre los Derechos Humanos y la Constitución, ir artículo por artículo comentando qué significa, qué aporta. Tomar una vez a la semana un periódico y discutir sus contenidos, todos, desde el fútbol, los sucesos, la política hasta los anuncios clasificados. Hablarles de la vida y de la muerte, y dejar que ellos hablen de sus vidas, de sus rabias y de sus ilusiones. Y que los maestros suelten la teta de los libros de editorial y se curren su material, que los inspectores e instancias superiores se dejen de tanta planificación de aula y proyecto curricular; puro papel y papeleo; que aterricen en la práxis del aquí y ahora rodeado de cada vez más cerca de 40 alumnos heterogéneos y dispersos. La mayoría de los chicos van terminando ciclos tan ignorantes como al entrar en ellos, en primaria, en secundaria, y no me apuren que casi llego a la universidad. Hay que darles otro alimento en ese largo tiempo en que están con nosotros.
A mi no me molesta (demasiado) un alumno ignorante, me pesa más uno de estos a quienes nada le interesa, incapaz de organizar una queja, de describir el aula, de resumir la última película que ha visto. Uno que nunca sabe qué le pasa cuando está triste, irritable o preocupado.
Ya sé que las cámaras no cambiarían las cosas de un plumazo, pero ¿a que obligarían a ponerse las pilar a más de un@? Especialmente est@s que terminan pidiendo bajas por depresión, que tienen nódulos en las cuerdas vocales de tanto grito, tod@s est@s de quienes los alumnos terminan diciendo en casa, “pobrecit@ el (la) profe mamá, es que va muy desbordad@”. El mundo al revés.





Foto Per Endström