que la fuerza esté con nosotros

Categoría: Cine, radio y TV, De la vida y de la muerte
12 de Diciembre del 2011


Lo envía Josefa. Gra6!

para los de mi quinta

Categoría: De la vida y de la muerte, Salud
10 de Diciembre del 2011

Eduardo Ramírez envía esto desde Medellín, son algunas definiciones y recomendaciones del oncólogo brasileño Drauzio Varella. Llegan como power point, pero me ha parecido más práctico copiar directamente los textos y aquí están. No hay sorpresas, pero siempre está bien darle una repasada.

Tercera Edad: Oficialmente comienza a los 60 años y se supone que termina a los 80, pero no hay consenso.

Cuarta Edad o Vejez: Se inicia a los 80 años y termina a los 90.

Longevidad: Se inicia a los 90 y termina cuando mueres.

Vejez saludable: Nadie está sano después de los 50. Sanos están los jóvenes; los viejos tienen siempre uno o varios achaques que son propios de la edad. De lo que se trata entonces es de envejecer saludablemente, es decir, con los achaques controlados y sin complicaciones.

Genética: Si quieres saber cuánto vivirás y cómo llegarás a esa edad, mira o recuerda a tus padres. La carga genética es fundamental para establecer un pronóstico de vida. Quien tuvo cáncer o infarto antes de los 60 lo trasmitirá en los genes a sus hijos por lo que éstos tendrán mayor probabilidad de desarrollar las mismas enfermedades. Lógicamente el desarrollo de una enfermedad crónica requiere la presencia de varios factores, donde el genético es sólo uno de ellos.

No hay atracón gratuito: “Somos lo que comemos” dicen los naturistas y no les falta razón. Si además de tener una carga genética desfavorable te pones 3 o 4 cucharaditas de azúcar en cada café, saboreas todas las pieles del pollo asado y te relames con las cortezas de cerdo del aperitivo del fin de semana, estás convirtiendo tus arterias en cañerías atascadas. Ergo, no habrá buena circulación, no habrá buena oxigenación, lo que equivaldrá a muerte celular o, dicho de otro modo, envejecimiento acelerado o prematuro. En consecuencia, si quieres tener una vejez saludable, a partir de los 50 años cuida tu alimentación y deja de comer cosas “químicas”, de abusar de las grasas… Un buen desayuno, un buen almuerzo y una pésima cena son la clave para equilibrar tu medio interno.

Viva la bebida: Aparejada a la dieta está la bebida. Abandona todas las bebidas gaseosas; esas las pueden tomar los jóvenes y con mesura, nosotros no. Todos esos líquidos tienen carbonato de sodio, azúcar y cafeína. A nuestra edad, estas sustancias vapulean al páncreas y al hígado hasta desgastarlos. Toma mejor limonada, zumos… Hasta la cerveza es preferible ya que se hace con agua hervida, tiene componentes naturales y no contiene sodio. Por otro lado hay bastante evidencia clínica que demuestra que el consumo moderado de alcohol después de los 50 años mejora la calidad de vida pues tiene tres efectos definidos: vasodilatador coronario, disminuye el colesterol y es un sedante moderado. En consecuencia, y de forma práctica, a la hora del almuerzo o por la noche, cuando llegues a tu casa y ya no tengas que conducir, pégate un lingotazo. Los licores más recomendados son el whisky, el vino tinto y el aguardiente puro. En lugar de tomar nitroglicerina para dilatar las arterias, o estatinas para bajar el colesterol, o un valium para estar tranquilo, consigues todo eso con un buen trago. Y si lo haces en compañía de las personas que quieres, el efecto se duplica. Ahora bien, sólo una advertencia: consumo moderado equivale a uno o dos vasos, porque si te pasas todos los días, el efecto es exactamente el contrario y te matará más rápido de lo que te imaginas.

No te pases, tampo hay que ponerse entrechos: Esto quiere decir que todas estas pautas son buenas, pero sin exagerar y, sobre todo, sin dogmatizar. Si haces una barbacoa para tu familia o tus amigos, no vengas con que “no como chorizo porque es muy grasiento” o “mi médico me ha dicho que solo beba dos copas y punto”. Nada reemplaza la alegría y el placer de compartir con los que te quieren; no hay grasa ni copa que no se pueda metabolizar en una buena tarde de esparcimiento. Los mecanismos de compensación de nuestro cuerpo son aún poco conocidos, pero así sucede: si disfrutas verdaderamente, el “pecado mortal” dietético se transforma en “venial”.

Nadie me quitará lo bailado: Eso es absolutamente cierto porque todo lo que comas y bebas te dejará huella y, cual retrato de Dorian Gray, tu cuerpo lo mostrará en la vejez. Las noches de juerga, los atracones, los excesos de todo tipo harán la vida de viejo muy desgraciada. Y no solamente a ti, sino a tu familia.

Pérdidas: La principal desgracia para un anciano es la soledad. Lo habitual es que las parejas no lleguen a viejos juntas; siempre alguien se va primero, con lo que se desequilibra todo el statu quo que sostenía a los componentes de la pareja. El viudo o viuda comienza a ser una carga para su familia. Mi recomendación personal es que traten de no perder - mientras tengan lucidez - el control de su vida. Eso significa, por ejemplo: yo decido cuándo y con quién salgo, qué como, cómo me visto, a quién llamo, a qué hora me acuesto, qué leo, en qué me distraigo, qué compro, en dónde vivo, etc. Porque, cuando ya no puedas hacer todo eso, te habrás transformado en un plomo completo, en un lastre para la vida de los demás.

cuidar las transiciones

Categoría: De la vida y de la muerte, Salud
27 de Noviembre del 2011

Cambiamos de una actividad a otra casi sin darnos cuenta, nos levantamos de un salto, nos desperezamos lo mínimo y bostezamos menos aún. Pero la mente necesita preparar cada nueva actividad a la que va a dedicarse, y el cuerpo debe acompañar esta preparación; o al revés, con la preparación y el calentamiento del cuerpo, preparamos la mente, la ponemos a punto. Una vez hablamos del cooling down de la gente de teatro, y como nos conviene incorporar este concepto a los que hacemos alguna actividad artística. Pero al seguirle dando vueltas al ciclo de energías y concentranción que envuelve una actuación o un concierto, llego a la conclusión de que cada actividad de nuestra vida diaria, aunque sea cotidiana y rústica, necesita una transición que la prepare y la despida. Detenerse y enfocar la mente y el cuerpo en lo que vamos a hacer, estar en el presente, en este momento único; estar con todos los sentidos.

Continuamente escapamos; hacia atrás y hacia adelante, la queja por lo que no hice, la preocupación por lo que está pendiente. Y pasamos a veces semanas viviendo simultáneamente tres dimensiones temporales que no nos dejan disfrutar y afrontar plena y completamente el presente, que siempre está comprometido con deudas o con espectativas.

Cuidar las transiciones ayuda a sacar más provecho del presente; te dices por ejemplo, y ahora me voy a dar un baño, y observas con atención cada prenda de ropa que te quitas, tomas conciencia de la temperatura del grifo cuando lo tocas, escuchas el sonido del agua al correr, colocas la toalla a mano para cuando hayas terminado, y teniendo todo a punto, y estando como Dios te trajo al mundo; respiras y metes el primer pie en el agua. Y estás absolutamente allí, disfrutando de ese pequeño regalo cotidiano; tu contigo, el agua, el vapor, el olor de un jabón rico, y después el contacto de una toalla domesticada por el uso.

Estar totalmente allí, o aquí, o allá. En lo dulce y en lo amargo, observando y comprometiéndose con la realidad tangible. Y para cada actividad, respirar antes, enfocar los objetivos, tensar (o relajar) los músculos en su justa medida y lanzarse a por ello.

cronología de un cumpleañoz feliz (semana completa…)

Categoría: De la vida y de la muerte, Mallorca
24 de Noviembre del 2011

Sábado 19 y domingo 20: Fin de semana familiar con piscinita, paseos en bici y comiditas ricas - hacer turismo a 20 minutos de casa que permitió ir a Palma a votar y volver a por una pensión completa de buen rollo y regalitos familiares.

Lunes 21: Después de un ensayo intenso, brindis con el Orfeó Ramon Llull - cariño y música y viceversa, más tarta  y galletitas -  Gracies guapos.

Miércoles 23: Llegan los “51″ - niñitas al cole - fisio; último día de laser, ultrasonido y parafina - agencia tributaria, gestión pendiente - hacer la compra - ensayo con la CAUOM, una rosa y un regalo amoroso como siempre, tomarnos un fino La Ina y brindar por lo bueno que nos rodea - coordinar el ensayo extra antes del concierto del sábado - visitar a una cantaire enfermita en Son Espasses - casita, comer con Zoltan y arreglar la cocina - escribir y contestar mails urgentes - limpiar la terraza - ver un par de series de polis con las peques todas acurrucadas en el sofá de la sala - hablar con mi mamá a Venezuela - ir al Syp y comprar cuatro cosas más que me faltaron de la compra mañanera - descubrir que la perrita se ha vomitado porque le di (mala idea) restos de unas costillas de cerdo, limpiar el estropicio  - ducha rápida pero con agua bien calientica y mientras, tomar un par de decisiones musicales del Mesías - cena de cumple en casita - vistazo rápido de internet - sonrisita; gracis, i bona nit.

Jueves 24: Después de la mesa redonda que se realizó en la sede de la Asociación de Gent Gran de la Real, sobre el tema de los mayores y la música, y que fue estupenda en participación y reflexiones realizadas, (participaban también Catalina Simonet, directora de la Escuela de Música Renacimiento, y Marcela Iguanzo, profesora de canto) pues una pizza con un grupete guay, con canción y regalitos incluidos.

Viernes 25: Bueno, nos quedaba Musicantes pendiente así que una cantandita de “cumpleaños feliz” más siempre es bienvenida!

Domingo 27: Aún en la estela cumpleañeril. Me quedaban pendientes Mar y Susanita. Nada como un almuercito con regalo después de un buen ensayo dominguero de El Mesías.

Y cerramos la semana aniversaria de 2011. Me he sentido muy feliz y muy querida, gracis a tots i totes!

el buen ángel que llevamos dentro

Categoría: De la vida y de la muerte, Textos y poesías
21 de Noviembre del 2011

Ibsen nos envía este artículo de Héctor Abad Faciolince, publicado el 13 de este mes en el diario colombiano El Espectador. Aquí os lo dejo, y al final añado un vídeo que envía Maite para equilibrar la balanza, y apuntar, que quizá la diferencia enorme es que ahora sabemos.
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Decía Karl Popper que la religión dominante de nuestra época podría definirse en una sola frase: “el malvado mundo en que vivimos”. Según el pensador austríaco la peor influencia de muchos intelectuales (de izquierda y de derecha) era haber convencido a los jóvenes de que estaban viviendo en un mundo moralmente malo y en una de las peores épocas de la historia. A pesar de haber padecido la persecución nazi en los años treinta del siglo pasado, Popper sostenía que esa afirmación sobre la maldad del mundo occidental era una gran mentira. Para él no había habido nunca un sistema social mejor —o menos malo, si quieren— que el consolidado en las sociedades europeas occidentales a finales del siglo XX. Esto, decía, no asegura nada hacia el futuro, pues “no existe ninguna ley histórica del progreso”.

Estoy leyendo un libro fascinante que confirma las tesis de Popper al menos en un aspecto fundamental: la violencia. Con infinidad de números cuidadosamente estudiados, tablas y estadísticas bien calculadas, y datos históricos comprobables y apabullantes, este libro demuestra que nunca antes en la historia del mundo —si se promedian cifras globales— habíamos vivido una era menos violenta. Este horrible mundo en que vivimos, con las masacres de Abu Ghraib y de Mapiripán, con las Torres Gemelas y las guerras de Irak, Afganistán y Libia, es un mundo muchísimo más pacífico y seguro que —digamos— el de las guerras napoleónicas, el de la guerra civil americana o el de nuestras guerras de independencia.

Me imagino la sonrisa escéptica de quienes piensan que vivimos en el peor de los mundos. Yo les propongo que lo discutamos después de leer este tratado de Steven Pinker (The Better Angels of Our Nature, El buen ángel que llevamos dentro) sobre por qué ha descendido la violencia en el mundo, desde los tiempos prehistóricos hasta nuestros días. Pinker acaba con miles de mitos románticos sobre el buen salvaje, o las maravillas de las sociedades primitivas y anárquicas. Con una perspectiva más hobbesiana —la utilidad de que se imponga el imperio de la ley— y siguiendo de cerca las tesis de Norbert Elias sobre El proceso de civilización, Pinker hace una fascinante historia del homicidio y de la progresiva disminución de la violencia en todas las sociedades (con retrocesos y altibajos, claro). Oigan esto increíble pero cierto: es menos probable morir asesinado hoy en Colombia que en la España del Siglo de Oro.

En Colombia, el país de la violencia y de los violentólogos, este libro de Pinker debería ser de lectura obligatoria en todas las facultades de ciencias humanas. Según el último “Estudio Global sobre Homicidios”, publicado hace poco por las Naciones Unidas, Colombia, a pesar de grandes avances en el último decenio, sigue siendo uno de los países más violentos del mundo. Cuando México se nos pone como ejemplo de disminución de los asesinatos, se olvida decir que nuestra tasa de homicidios duplica la de ellos (nosotros 38 por cada 100 mil habitantes año, ellos 19). Pero podemos consolarnos con otros: Guatemala, Honduras y Venezuela tienen tasas mucho más altas que las nuestras.

El libro de Pinker es un tratado científico que va en contra de nuestra pereza mental y de nuestros prejuicios ideológicos. Pero va mucho más allá pues de sus estudios podría también derivarse un manual de cómo conseguir que la violencia disminuya. Las tasas de homicidios de una ciudad como Medellín siguen siendo tan altas como las que tenían las ciudades europeas durante el Renacimiento. Estamos, pues, todavía muy atrás en el concierto de las naciones. Un tratado que nos muestra qué hay de bueno dentro de todos los seres humanos, y dentro de nuestra cultura, puede ayudar mucho en un propósito que debería ser el primero de cualquier gobernante aquí: disminuir la violencia.
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violencias

Categoría: De la vida y de la muerte
14 de Noviembre del 2011

Dejo a las niñitas en el cole y aparco en la Plaza de los Patines para irme a la cita de fisio de cada día, laser y ultrasonido en los codos, parafina en las manos. Mientras camino, la voz de un hombre que grita me saca de golpe de mis pensamientos. Está atando una bici infantil al parking de bicis frente al cole, hay dos niños petrificados frente a él. Y capto perfectamente la nueva frase que grita: “ya me has amargado el día, eh” y lanza unas llaves al suelo. La niña, a quien no iba dirigido el reclamo, se mueve rápido y recoge las llaves, el niño con sus gafitas sigue inmutable; por un segundo nuestras miradas se cruzan y bajo la vista sintiéndome una entrometida por estar allí, por haber escuchado, por ser testigo.

No sé qué hizo el chaval para que a las 8.30 de la mañana, ya haya sido capaz de poner a su padre de aquella manera. Tengo la cara del padre echando fuego por los ojos en la cabeza, y tengo la imagen del niño, como un maniquí con su chaqueta marrón, congelada en aquél segundo que compartimos.

Qué nos queda cuando nos tratan así. Qué nos queda cuando somos niños y nos tratan así. Qué nos queda cuando somos niños y las personas que amamos nos tratan así. Y una vez más; pero con el agregado de “y en público”.  Un pastiche emocional, un revuelto de vergüenza y rabia, porque casi siempre, a la afrenta seguirá el desagravio; con doble ración de cariño aliñado de amor y culpa.

Y te preguntas, Dios mio, ¿yo he gritado a mis hijos así alguna vez?. Y de pronto me he visto en este hombre, y ha sido tremendo. Porque a medida que te haces mayor e intentas ser más consciente de cada cosa que haces, sabes que esos gritos en el fondo no son para ellos, son la expresión de otras cosas, otros problemas, otras frustraciones, otras tristezas, prisas, rabias. Y paga el pato el más débil que tienes a mano.

Y en el futuro de todos los niños que fuimos; estará el pasarte la vida intentando desentrañar los por qué de estas trampas y miserias del amor; que son las que hacen más daño. El agravio de un desconocido solo ofende el oído, y se olvida pronto, el de los que amamos nos acompaña siempre.