Lo menos: Sea desde la referencia cabalística o desde una mirada desprevenida; esta película tiene una ambición artística y filosófica que se desborda en bastantes ocasiones; especialmente hacia el final donde raya lo cursi por las obviedades que acumula. Una versión con 20 minutos menos de paisajismo inspirado la favorecería. Nombres como Sean Penn o Brad Pitt son un adorno y un anzuelo publicitario. El primero no aporta nada, y el segundo pone la cara y el porte, pero ni teniendo un personaje interesante y complejo entre manos logra que te olvides que solamente está actuando.
Lo más: La belleza de las imágenes naturales y cósmicas que te van envolviendo, la música seleccionada entre lo mejor de lo mejor y que por momento hace que casi prefieras cerrar los ojos. El tratamiento de la vida familiar, el cuadro costumbrista de la época, el retrato de la infancia masculina, los ardores de la primera adolescencia; son una maravilla. La narración te lleva durante las más de dos horas de proyección, a revivir escenas personales, a recuperar recuerdos, a soltar una discreta lagrimita cada tanto. Y luego está Hunter McCracke (Jack niño), puro talento natural para la actuación; pasó de jugar en el patio de su cole en Texas a hacer esta peli con un director de culto como se considera a Terrence Malick, sin anuncios publicitarios como currículo o papeles secundarios en alguna película anterior.
Al final el cielo existe, los traumas se curan, la vida tiene sentido, y resucitamos en nuestra más pura belleza.
Para la que está cayendo en el mundo, es casi una peli terapéutica; larga y costosa, como toda buena terapia.







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Foto Per Endström