En la Iglesia Sant Josep Obrer de Palma. Tristes al acompañar el dolor de una estimada cantaire que ha perdido a su hijo de forma trágica, encontramos una vez más, sin buscarlo pero encontrándolo casi como una bendita sorpresa, consuelo en el arte. En la música que animaba la señora Polita desde el ambón, y que con su voz dulce y afinada nos llenó de sosiego, animando además a los presentes a participar en los cantos, como una verdadera salmista.
Y al terminar la misa, la pintura. Con la compunción que te apretaba el pecho al pensar que no puede haber dolor más grande que perder un hijo; y que no hay palabras para una madre en un momento así, cuando lo que apenas puedes es estar un poco allí y tratar de ponerte en su lugar y dejar que el escalofrío de la pérdida sea mínimamente también un poco tuyo. Entonces, mientras reflexionando aún caminas lentamente hacia la salida, descubres una luz y unos colores. Una capilla circular con un arbolito en el centro y unas imágenes delicadas, ingenuas, llenas de amor y fe en que hay algo más arriba, más allá. Y hacia allá van en el mural que gira con tu mirada, niños y mayores, acompañados otra vez por la música. Ese allá donde seguro está el hijo de Isabel.
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Siento que la cámara del móvil apenas haya captado los colores; ojalá y sirva para acercarse a esta iglesia y ver y sentir esta obra de Miquel Llodrà firmada en el año 91 con el título de este post, “Un poble que va a Déu”.










Foto Per Endström