He conocido algunos superdotados, tienen en común esta capacidad sorprendente de profundizar con facilidad en una gran cantidad de áreas del conocimiento. Su memoria impresionante es apenas una anécdota, así como que aunque no sea parte de su trabajo son buenos en cálculo. En fin, que mi experiencia concuerda con la descripción tradicional.
En lo que son muy diferentes es en sus relaciones sociales, en como buscan o rechazan la compañía. Recuerdo dos que se fastidiaban tremendamente en fiestas y reuniones, y de hecho no iban y tampoco se esperaba que fueran. Solo compartían en grupo reuniones de su campo de estudio o hacían una salidita esporádica con los pocos amigos que frecuentaban. Pienso en otros dos y a estos sí que les gusta lo social, pero donde puedan hacerse con el auditorio, que les escuchen sus disertaciones o sus chistes, en plan un poco payasos los dos. Siempre me llamó la atención esta diferencia, porque de los segundos también escuché que la mayoría de la gente les parecía insulsa y que se aburrían un poco (obviamente cuando no eran el eje de la atención).
Jorge me contó una vez una anécdota preciosa de su madre ya fallecida. La señora sin saber muy bien cómo ayudar al hijo universitario y todavía adolescente, que tendía al estudio solitario y la introspección, había ido a un psicólogo a buscar consejo. No de cómo encauzar las habilidades del hijo que esto ya había sido materia de toda su infancia, sino de cómo tratarle personalmente en esta etapa, cómo hacer para acompañarle sin agobiarle. Obviamente tampoco era una mujer común. Jorge, ya de mayor, le preguntó intuyendo la respuesta pero queriendo probar a la madre, qué le había dicho el psicólogo en aquella reunión. La mamá le explicó que el psicólogo le habiá dicho “finja que le interesa”, cuando el joven contara algo de sus estudios. La señora había replicado que el hijo se daría cuenta de que no entendía nada, que sería obvio, y el profesional insistió en que eso no importaba; que lo importante era el interés que demostraría preguntando y escuchando, una y otra vez. Y le dijo más, que seguramente el hijo estaría encantado.
Mi amigo recordaba con absoluto amor esta etapa de su vida porque sabía que su madre, que lo miraba con aquella cara de seguirle la conversación y entender todo lo que él le explicaba, no pillaba ni la mitad. Y el aprovechaba para contar y explicar, para soltarse, y cada vez más, no solo de su actividad académica, sino poco a poco también de su vida personal.
Después no es que todo haya sido para él un lecho de rosas a lo largo de su vida, pero esta comprensión que recibió de ella, era un tesoro y una fortaleza que seguía agradeciendo.
Sin superdotación de por medio, recuerdo que Cate nos decía cuando empezábamos a salir con chicos, pongan interés en las cosas que a ellos les gustan; que a Javito le gustan las motos, pues a saber de motos, que Edwin es radioaficionado, venga a aprender algo de morse y saber mínimo lo que es una llave y un CQ. A esto se le puede sacar mucha punta feminista pero me quedo con la esencia. Más que trucos para gustar o arreglarse al principio, más que regalos o sacrificios del tipo “mira lo que yo hago por ti” después; no hay mejor prueba de amor que demostrar interés por las cosas del otro; sea una moto, una llave morse, la selección natural vía parientes, los escritores apócrifos del S.XX o la música del XVIII en Minas Gerais.
Que no llega a enterarse, o que en el fondo le parece baladí y no le despierta ningún interés real; esto no es importante, si ama, pues finja que le interesa.
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Este post podría ir con muchas dedicatorias porque aquí hay como 40 años de amor.
Pero al final se lo dejo a Cate, la mejor fingidora que he conocido.