Descubrí Mallorca el verano de 1998, y la primera familia mallorquina que conocí fue la suya, una noche en que me explicaron que sopar a la fresca era eso que estábamos haciendo al cenar al aire libre. Habló de sus libros y artículos, con la misma emoción y ganas de contar de un joven que recién descubre los placeres de las letras y la investigación documental; ese raro gusto que tienen algunos de perderse entre papeles viejos y salir renovados. Doce años después, tantos libros y artículos después, sus ganas de compartir descubrimientos siguen intactas, creo que aún mayores.
Ahora como vecinos (cosas de Palma que es el más pañuelo de los pañuelos del mundo) cada vez que nos encontramos y hablamos unos minutos, se pasa al castellano aunque le diga Bernat, t’entenc perfectament, xarra’m en mallorquí, pero no hay forma; así que le agradezco con una sonrisa su gentileza de caballero bilingüe.
Bernardo tiene algo de Quijote, seguir escribiendo y publicando, así, casi al margen de corrientes y políticas, es un ejemplo de perseverancia y fe en lo que se hace, parte de esa fe religiosa que le ilumina el camino. Ya lo había dicho en su introducción a las Memorias de un editor enclaustrado, libro que presentó entre tantos amigos en 2010, “Sólo en la elaboración del trabajo consistirá nuestro premio”. Pero creo que la admiración y el cariño que le guardamos es también un discreto aunque sincero premio a su esfuerzo desinteresado. Con la colección Jano, por ejemplo, donde recopiló, estudió y publicó la obra de intelectuales mallorquines que escribían en castellano; nos dio una imagen de mallorquinidad más amplia y generosa que cualquier discurso.
Una vez, en uno de estos sopar a la fresca, Bernat nos regaló un pequeño libro de poemas llamado Una terra retrobada, que había editado y anotado. El poeta era Bartomeu Oliver Orell, de Binnissalem, quien había emigrado a Caracas en tiempos de la guerra. Por navidad escribía a su familia, casi la misma de Bernat, y les enviaba estos poemas llenos de añoranza, citando entre líneas los versos de nadalas que yo iba conociendo en mi nueva vida en la isla. Unos meses después, hice un concierto que guardo en el corazón, las niñas del coro infantil del Colegio Santísima Trinidad, recitaron estos poemas entre aguinaldos venezolanos y nadalas.
Entre el Noi de la Mare y el Niño lindo, los versos de Oliver.
Nadal de cançó i poesia, se llamó aquél concierto que nació de un regalo tuyo. Y aunque ya te había dado las gracias por este libro, y todos los demás, quería hacerlo de nuevo.





Foto Per Endström