la dignidad de las lágrimas
De la vida y de la muerte 16 de febrero del 2012
A veces parece que en este mundo de prisas y espectáculos no hubiera espacio para la tristeza; la palabra melancolía no existe, y mostrarse deprimido es de mal gusto. Un par de días sí, pero no más. ¿Cuánto tiempo es correcto para estar triste, para llorar una pérdida, para dolerse de una ausencia, para apiadarse de uno mismo?
La tristeza es lenta.
Por eso no tiene estatus en un mundo de cambios contínuos, donde la realidad se transforma a golpe de clics. Así que hay que esconderla. No es el estupor ante las grandes tragedias, que nos conmociona intensa pero brevemente, por ráfagas. Es la tristeza pequeña; esta que te acompaña en silencio cuando sabes que algo se ha perdido para siempre.



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Foto Per Endström
Creo que las dolencias del alma y de la mente, aquí, todavía no son reconocidas como una cosa tan normal como las dolencias físicas, cuando el sufrimiento, de cualquier tipo, es una cosa que implica a toda la persona y es parte consubstancial de la vida misma.
Se requieren tiempos muy largos para llorar bien las pérdidas de cualquier naturaleza, incluyendo las etapas de la vida que van quedando atrás, y la tristeza, la depresión, es una fase necesaria, sin la cual no podemos cerrar bien las heridas ni seguir creciendo harmoniosamente.
Quizás porque es duro aceptar la fragilidad, la vulnerabilidad, y la tristeza y la depresión de los otros, nos recuerda que también nosotros somos frágiles y vulnerables.
Quizás porque no sabemos acompañar a los otros en su tristeza, porque no comprendemos que es una fase necesaria o quizás porque nos asusta mucho.
Basta con estar ahí, dar tiempo al tiempo, como un faro que ilumina en la noche de tormenta, a través de una palabra, de un apretón de mano, de un abrazo, o sólo con la gran fuerza de una sonrisa que nos dice “estoy aquí y sé cómo te sientes, no te preocupes, todo pasará”.
Y se agradece mucho que existan esas personas que hacen de faro en las noches oscuras, sin ellas sería demasiado fácil llegar a la desesperación profunda y perderse en la nada.