Esta sentencia hace referencia a cuando se opina en asuntos en los que por una u otra razón no se puede ser neutral. O aparentemente no se puede. Se entiende que si los límites de la objetividad al juzgar son difusos a veces hasta para los profesionales del juicio, qué queda para el resto de los mortales, y entonces se recomienda no opinar.

Ya conté una vez de un querido profesor que hacía crítica musical en Caracas; dejó de hacerlas porque llevaba mal la respuesta de sus amigos artistas cuando les hacía una crítica medianamente dura, “ni siquiera mala”, me dijo, alguno hasta me ha dejado de saludar por un tiempo. Por supuesto que pensé que tan amigos no habrían sido; pero el punto es que parece cierto que los artistas en general llevan mal las críticas adversas (tendríamos que jugar más al fútbol).
Hace unos días me contaron que un músico cuyo concierto no me gustó especialmente, cosa que comenté, se había quejado en petit comité casi despectivamente de mi poca afección a su interpretación con un “pero qué fue lo que no le gustó”. Hombre, si me pregunta se lo digo, porque la verdad es que no lo escribí por una cierta ¿pereza?. Por otra parte, un otro no me contestó varias llamadas; tres años después de una crítica que escribí aquí en el blog, que no era realmente una crítica musical, más bien una opinión educativa bien intencionada.

En fin, que me animé a repasar mis críticas viejas y veo dos cosas. Una que ya tenía bastante clara, y es que me gusta hacer críticas, de música o de cualquier espectáculo. Pero especialmente de música. Cuando voy a un concierto, sea de quien sea, voy a disfrutar, llego con la mirada (con el oído) más desprevenido que puedo, dispuesta a pasar un rato estupendo; pero a la vez tengo en cuenta aquello del “oído relativo” que decía sabiamente Manel Cabero, intento tener en cuenta quién interpreta, si es un profesional o si es un artista del grupo “amateur con futuro” o del “amateur porque ama la música, sin pretensiones”. Y partiendo de esto, con todos puedo llegar a disfrutar y salir reconfortada si el trabajo presentado me mueve de alguna manera. Y luego intentar resumir las observaciones, lo sentido, hacer el esfuerzo de concentrar en pocas palabras lo que te ha dejado aquella experiencia.

La otra cosa que vi repasando posts viejos, es que no me corto un pelo. Con alguno de estos escritos he pensado ahora (bien a la venezolana) y un par de años después, “qué bolas tengo yo”. Pero especialmente porque al pasar el tiempo, unos años en los que he ido sembrando y cuidando un trabajo artístico del que estoy cada vez más contenta, resulta que empiezo a querer colaborar con gente que en algún momento he criticado, artísticamente hablando, obviamente. Y aquí cerramos el círculo. Cuando no te atienden un mensaje, o cuando uno tal se siente ofendido, pues te repiensas si vale la pena decirlo todo, aunque vayas sin maledicencia alguna



Un comentario en “ser juez y parte”

  1. juan carlos sánchez | 17/09/2011 a las 17:35:44

    Hola Irina! Me ha parecido muy interesante tu reflexión, que también comparto… (¿será porque no soy de esos directores a los que has criticado? :-)

    Yo pienso que no es posible aprender ni avanzar sin criticar (puede ser sin maledicencia, por supuesto), evaluar o corregir. Quizá no sean palabras sinónimas, pero algo tienen en común, y no quiero pensar en qué siglo viviríamos sin cuestionarnos las cosas y queriendo “quedar bien con todos”.

    Yo personalmente aprendí un montón de tus “críticas” cuando nos dirigías en el coro (y alguna sin duda que fue para mí!) ¡GRACIAS y adelante!

Dejar un comentario