Con los adultos es más sencillo, tienes tu trabajo, tu sueldo y tu tiempo; y decides cómo quieres invertir tiempo y dinero: en ocio, en bienes o en formación. O en nada, y ahorras cada euro que te queda para algún proyecto futuro, o por sentir que lo tienes allí, seguro en el banco (o en el bote de Colacao).
Con el tiempo libre de los niños es otra cosa; tiempo fuera del horario escolar que se extiende desde esas horas por las tardes antes o después de hacer los deberes, hasta las muchas horas de las vacaciones, días interminables de calor y ocio que hay que llenar con actividades más o menos lúdicas, más o menos formativas, más o menos familiares.
Florecen escuelas de verano de todo tipo, música, danza, deportes, campamentos. Pasamos de las guarderías temáticas durante el curso (no se me ocurre un mejor nombre para las extraescolares que ofrecen en los colegios) a esbrinar entre las mil opciones de verano, cada una más cara o menos barata que la otra. Este año con sorpresas, como la de que aquellas actividades que organizaba el IME (Institut Municipal d’ Esports) y que tenían precios asequibles (que hasta apuntando a dos hermanas valían la pena), este verano aunque te informan en las mismas oficinas de Son Moix (por dar un ejemplo) ya no es el Ayuntamiento quien las organiza, sino empresas privadas que utilizan las instalaciones públicas para ofrecer los campus deportivos. Y más caras, of course.
Animar la libre empresa de extraescolares y la oferta vacacional no me parece mal, al contrario, se supone que a más oferta más competencia y más calidad (ojalá y estuviera al alcance de más gente, eso sí). Por otra parte es muy de los tiempos que corren que todo Dios tenga que convertirse en joven emprendedor (o viejo emprendedor según el caso) y se anime a hacer pinitos en le pequeña empresa. Pero me quedan dos observaciones; la primera, que lo de verano (como tantas ofertas de invierno) no es sino otra guardería temática más; sin programa, sin seguimiento, sin confrontación, sin resultados, y cara. Con el agravante de que para muchísima gente el verano no es tiempo de pensar, por lo que no implica ningún tipo de aspiración intelectual.
Y la otra idea que me ronda; si no es artificial esta necesidad de colocar a los niños en un plan sí y otro también. Para que no se aburran (¿aborreguen?), para que no se les haga tan largo el verano; porque aunque también es verdad que a los papás nos vienen bien esas horitas de niños ocupados (sin olvidar que implican hacer de chófer de aquí para allá), el fondo es más como de mala conciencia, ese “tienen que hacer cosas”, “que estar en movimiento”, “es que todo el día en casa…
Pienso en los amigos que salen de la ciudad, que tienen su casita familiar por allá en algún pueblo perdido de la península donde los chicos se pasan el día en la calle, en la bici, saltando y corriendo por todas partes, montándose en el tractor del abuelo o reencontrándose con los amigos y primos de verano. Abriendo con ilusión alguna caja llena de juguetes viejos.
Quizá es una visión romántica y un poco regresiva; pero intuyo que la ciudad, con nuestros pisos de puertas cerradas y la tentación complaciente de la tele, el ordenador y los videojuegos, también modera esta necesidad de buscar ocupación para el tiempo libre de los pequeños. También anima el negocio del ocio.





Foto Per Endström