Nuestra biblioteca es nuestro tesoro, cada lomo y su título nos recuerda una historia que termina siendo la nuestra. Historias que se redondean con emociones, olores, apuntes en los laterales, esquinas dobladas o papelitos olvidados entre las páginas. El libro que se duerme en el pecho, que llevas en el bolso, que se te cae sobre un dedo del pie; el libro cuya contraportada lees en la tienda, el que subrayas, los kilos proporcionales a conocimientos o aventuras o tragedias… Estos libros, los que pesan, han muerto, ahora puedo decirlo con certeza. Si solamente leyeras tonterías en los libros, estos no tendrían ningún valor, tienen el valor que das a lo que has leído en ellos, a lo que has aprendido y sacado de ellos. Así que el formato que hemos amado por décadas merecía nuestro amor por lo que nos daba. Si en un nuevo formato encuentras lo mismo que has amado siempre y con ventajas, el cambio es una realidad, el tránsito un instante y la alegría del descubrimiento una novedad que merece ser contada como enhorabuena evangélica.
Mis coralistas me regalaron de cumple un Samsung eReader E65; venía con cinco títulos de regalo; entre ellos “El Hereje” de Delibes. Luego Emili me bajó “El Cementerio de Praga” de Umberto Eco con el que me deleito en este momento. Qué delicia leer en este dispositivo. No pesa, no cansa la vista porque usa algo llamado tinta electrónica y la pantalla no emite luz, paso las páginas con un mínimo movimiento del pulgar, escribo cositas en los bordes o subrayo. Como me gusta leer acostada de lado, pues lo apoyo en la camita y tapada con la manta hasta la naríz sigo leyendo sin tener que girarme cuando leo páginas pares o impares. Qué más… lo obvio, llevo como 10 libros dentro esperando turno, siempre está en mi bolso porque nunca se sabe cuándo hay que esperar y te puedes robar unos minuticos para leer.
No me imagino cargando un mamotreto de medio kilo nunca más, al menos para la literatura. No todo está digitalizado pero con lo que ya hay, nos espera un banquete. Y los precios… contra un libro de papel de 20 euros, el mismo en digital por 6, o gratis. Pero el precio no será el problema, porque poco a poco iremos conociendo las empresas que digitalizan mejor, con menos errores de tipeo, con más enlaces internos a imágenes de todo tipo; y uno siempre paga con gusto la calidad. Y cuando la presbicia nos siga aumentando, iremos aumentando el tamaño de la fuente con un clic.
Y qué pasa con el romanticismo del olor del libro, las texturas, la relación íntima con el objeto bla bla bla… pues ya les voy contando que mi lector es suave al tacto, tan blanco por fuera que se diría todo de algodón. No huele pero canta, porque puedo poner musiquita mientras leo, si quiero. Compré lana para tejerle una cubierta y protegerlo. Mi lector es Delibes y Eco, Dostoyevski y Victor Hugo, todos juntos, conmigo a cada paso. Cuánto espacio recuperaremos en casa en unos años…
