Enciende el fuego y pone el kettle (en argentino pava, en uruguayo caldera, en venezolano no sé; en español tampoco… ¿la ollita del agua?), mete la bolsita del té en la tetera y la deja en la encimera. Desde la ventana ve una luz en la casa que le toca vigilar, no sabe que antes de que silbe la pavita estará muerto.
Cada vez que me preparo el té recuerdo esta escena, cada día. Estás seguro en casa, con tus pensamientos. Preparo el té para redondear una idea, para aclararme, como excusa para levantarme del ordenador cuando se atasca la redacción, o la espalda. Enciendo el fuego, pongo agua en la ollita (quiero comprarme un kettel que silbe), la coloco en la hornilla, elijo una infusión, busco la taza más grande y dejo allí la bolsita. Miro el fuego, espero las burbujas, pienso. O no pienso, sólo miro. Es un tiempo solitario y delicioso. A veces cojo unas galleticas. Vuelvo con mi taza al ordenador. Sigo trabajando.
Hasta ahora no he tropezado con Lord Voldemort.







Foto Per Endström