No importa que hayan pasado más de 50 años, y las realidades dentro de las Orquesta profesionales hayan cambiado, es una gozada leerlo. Julio Felce lo envía desde Caracas…
Gyula Bandó fue Director de Orquesta. Nació en la Ciudad de Budapest, llegó con la Orquesta Filarmónica de Budapest a Leipzig en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, antes de que los rusos ocuparan la capital de Hungría. La Filarmónica de Budapest a pesar de la agonía de la guerra, ofreció conciertos semanales en Leipzig hasta el último momento de la rendición de Alemania, para una población ya casi semimuerta por los bombardeos, atenuando así el horror para los niños, ancianos y sobre todo para los amantes de la música. Dirigió luego en Amsterdam, París, Venezuela y en el Teatro Colón de Buenos Aires; escribió esto:
Todas las orquestas del mundo tienen las mismas características…
Sus miembros se dividen en dos categorías: en la primera, los que están contentos con su destino, y en la segunda, los que no lo están ni lo estarán jamás. Los primeros, quienes se fijaron como meta de su vida el ingreso a una orquesta sinfónica y lo lograron, son felices, no poseen otros objetivos, sólo alcanzar la vejez contentos y con el mayor bienestar material posible. Preferiblemente con pocos ensayos y menos conciertos.
El otro grupo lo constituyen las ambiciones frustradas: quienes aspiraron a ser solistas de renombre mundial y ahora se tienen que conformar con un puesto odiado y simple en una orquesta.
Las cuerdas constituyen el grupo de los quejosos, y los vientos pertenecen al grupo de los descontentos. Las “primadonnas” de las cuerdas son los primeros violines. Éstos, casi todos, se sienten solistas, y detrás de las bambalinas luchan slenciosamente (o no) para conseguir una silla más adelante (en un atril cercano al director) que la de su colega, vecino e íntimo amigo. Ellos disfrutan de todas las prioridades durante el concierto, por esto estudian sus partes con gran esmero y exactitud y también controlan a sus colegas durante la ejecución con precisión y sin la mejor voluntad. Si viene un pasaje complicado, el músico de más edad (ya con una técnica debilitada) tiene de improviso un ataque de tos y observa con alegría íntima como su colega joven lucha con las dificultades. Así el colega de mayor edad mantiene su superioridad sobre el joven.
El solista más solista de todos es el Concertino, el rol más ingrato habido y por haber, tiene que tocar sus solos delante de todos sus compañeros, críticos severos usualmente. Sus logros son sólo comparables con el rol de un buen torero. Se dan la mano con el Director -haruspex ridet haruspicem-, comparte todas las alegrías del evento musical, y su compañero es el Segundo Concertino a quien sólo las duras leyes existentes impiden matar a su colega Concertino. Directores menos famosos también le dan la mano al segundo Concertino poniendo en práctica la famosa máxima inglesa “divide et impera”.
Los segundos violines son los parias de la orquesta. Se trata de gente con molestias gástricas o de hígado, a quienes el cruel destino limitó a observar el éxito de otros y para que actúen como “Lázaros” en los festines de los ricos. Los segundos violines ya dan señal de su protesta con el hecho de que ocasionalmente muestran la parte trasera del violín al público. Con crítica amarga constatan, que antaño en el Conservatorio, antes de la división entre los buenos y los malos, ellos tocaban el violín y en ningún caso el segundo violín. Generalmente se vengan de esta injusticia componiendo o tocando como solistas y dirigiendo en una orquesta de aficionados. Son ellos en su mayoría los agitadores, que se nutren y toman sus fuerzas de estas ínfimas orquestas desconocidas. Mas son ellos quienes primero se desilusionan de su profesión, no se dedican por entero a su instrumento y después de pertenecer diez años a una orquesta a duras penas pueden tocar el violín. Los directores con experiencia saben esto, y apenas perciben una desafinación, retan automáticamente a los segundos violines pecaminosos.
Las violas son conscientes de que su instrumento no pertenece al sector de los elegantes privilegiados, entonces su prestigio es mantenido con un aislamiento de supremacía. No mantienen contacto con los violines segundos y tienen una actitud provocativa hacia el director, confiando en que este no conozca suficientemente la lectura de su clave y no perciba sus desaguizados.
Los rivales más peligrosos de los primeros violines son los violoncellos, quienes consideran su desempeño lo más importante de la orquesta, por eso sienten cierta superioridad hacía sus colegas, mas “Nobleza obliga” y se mantienen cordiales con sus semejantes. A pesar de ser conscientes de su importancia muchas veces cometen el pecado de querer actuar como solistas, y en cuanto a su afinación, pocas veces se puede considerar un deleite artístico un solo de “Tosca” o “Guillermo Tell”.
A los contrabajos hay que rendirles homenaje especial. Estos, con ejercicios de gimnasia, intentan producir sonidos musicales con su enorme instrumento, intentan rivalizar con los chelos y hasta se animan a tocar solos con supremo esfuerzo. Sus hazañas son parecidas al domador de león, a veces están ubicados sobre un podio y a veces arrancan sonidos finos de eunuco, que contradice con el tamaño del instrumento. Hasta el fin de sus vidas están empeñados en estos esfuerzos supremos y si no lo consiguen, sufren de ataques de cólera.
En los vientos la ejecución y el carácter de los músicos varía según el instrumento: los flautistas son capaces de llegar a las notas más agudas y veloces, por esta razón se sienten privilegiados. Se ofenden por la menor observación del director y durante los ensayos se cruzan de piernas poniendo cara de indiferencia a sus explicaciones. Así señalan que lo oído no es interesante y es hace tiempo conocido por ellos. En sus años juveniles han sido normales, pero después de unos años de soplo constante, a veces sufren de ataques de histeria. Su carácter no es muy confiable, sus objetivos son alcanzados con astucia. Los métodos de dirección orquestal nos relatan, que más desafinada que una flauta, sólo pueden ser dos flautas, salvo excepciones.
Los oboístas son gente amarga. Tienen que hacer sonar el instrumento a través de una caña muy delgada. Con el tiempo estas retenciones de aire ocasionan perturbaciones en el músico. Sufren ocasionalmente de ataques de cólera y no tienen muy buena relación con sus colegas. Casi siempre mueren de gastritis o arteriosclerosis.
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