De vez en cuando hacemos algún chiste mordaz sobre el uso del lenguaje políticamente correcto, porque lo consideramos eufemístico, exagerado, impostado, o directamente, cursi. Y qué equivocados estamos cuando lo hacemos. Porque queda en evidencia un atraso, una falta de actualización en nuestra reflexión social. Muestra que nos hemos quedamos anclados en usos y modos de tiempos más primitivos. Lo políticamente correcto principalmente expresa un cambio de sensibilidad hacia las diferentes realidades sociales que coexisten en el mundo moderno, y que exigen el trato de respeto y la dignificación que por ley les corresponde. Las minorías tienen los mismos derechos. Es la lucha contra las palabras que muerden, que escupen, que hieren. Enano, negro, gordo, maricón. Palabras que dentro de una cultura son más que referentes neutrales, son ideas y más que ideas, emociones. Educando las palabras vamos educando la sensibilidad y la conciencia, si queremos. Cuando las palabras van por un lado y las ideas y las emociones por otro, nos sumergidos en la hipocresía. Pensemos que este no es el caso, pensemos que educamos a nuestros hijos en la tolerancia, la comprensión y el respeto. Pensemos que seguimos educándonos a nosotros mismos día a día.

Y dónde quedan los toros, o es que tienen los mismos derechos que las personas. Los toros no han cambiado, bestias hermosas; las personas sí, aunque no todas, algunas están en camino, otras ni lo han comenzado. Los armiños, visones y nutrias no han cambiado, pero nos horroriza encontrarnos con un abrigo realizado con la piel de estos mustélidos. Las ballenas no han cambiado, pero nos fastidia saber que hay tantos países que las siguen cazando sin piedad. Hoy entendemos y creemos en la veda, porque sabemos que si no respetamos el tiempo de reproducción de los bichos, nos quedamos sin ellos. Y pasa lo mismo con los bosques, los mares, el aire. Hoy sabemos más y debemos respetar más, porque a más conciencia más responsabilidad. Si objetivamente sé que un animal sufre, que todo su sistema nervioso responde con dolor al estímulo que le inflijo; no puedo seguir haciéndome el niño que disfruta con el colorido de la fiesta. Ninguna tradición puede justificar la tortura. Ni de un toro, un ganso o un pollo de los que producen huevos tipo 3. Igual que hoy no transigimos con la violencia doméstica, aún cuando recordamos perfectamente los tiempos en que el marido tenía “sus derechos”.  Que discutan todo lo que quieran y se tiren de los pelos y se rasguen las chaquetillas vestiduras. Que los políticos lo tomen como bandera si quieren; esto no es lo importante. Es lo que significa como presente histórico, pues la sensibilidad de país desarrollado debe ser esta. No a la tortura, que es la crueldad voluntariamente infligida. La persona de un mundo mejor tiene que ser conciente y sensible; con sus congéneres y con el mundo que comparte con el resto de las especies. Insistir en que esto es una nadería no es sino mantenerse, una vez más, como el niño malcriado que no le da la gana aceptar que los reyes magos no existen porque teme quedarse sin regalos. Tenemos que crecer, que madurar hasta en nuestros gustos. En este momento son los toros, que sí son una minoría; y merecen respeto.



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