cenita con bebé (para los papás de david)
De la vida y de la muerte 29 de Julio del 2010
Una vez escribí un post sobre el abismo entre las parejas con y sin hijos. Venía a poner de bulto las diferencias en la manera de vivir cuando la familia está formada solamente por dos adultos, vs aquellas con 1, 2, 3, o más hijos. Así como en las reuniones de parejas l@s solter@s quedan un poco fuera de lugar; el tema de los hijos (que ocupa un porcentaje importante de nuestras preocupaciones vitales) tiende a pasar debajo de la mesa en reuniones de parejas mixtas. Pasa algo similar, pero no idéntico, cuando las reuniones están formadas por parejas con hijos pero con una diferencia generacional importante, unos están criando aún mientras otros ya tienen hijos emancipados. Los segundos escuchan y comentan como el viajero que narra una vieja experiencia de turismo de aventura (con mosquitos, saco de dormir y problemas digestivos), se acuerdan, tienen un par de buenas anécdotas a mano, pero desprenden más alivio que nostalgia. La paternidad/maternidad “en ejercicio” (esta etapa donde no se vislumbra jubilación alguna) es difícil de compartir con los no iniciados, por más buenos tíos que sean. Y es más patente mientras más cariño le tienes a los amigos sin hijos; hay unas ganas de hablar de tus retoños y a la vez la conciencia de que ese no es un idioma común.
Pero de vez en cuando ocurre un cuasi milagro. Una de estas parejas se anima y se hacen papás. Y aquel abismo que no había cariño fraterno que compensara, de pronto desaparece. Y toda la literatura, la música, o la política de la que se pueda hablar en una reunión, queda envuelta por una realidad más grande y ahora común; el idioma compartido de la familia con hijos; desde la papilla y las noche en vela, hasta la escuela y las preocupaciones de la adolescencia.
No es obligatorio tener hijos; no tenerlos, más que una opción respetable debería ser en algunos casos un deber y un acto de conciencia. Pero para los que nos apuntamos a responder al llamado de la selva y trasmitir nuestro genoma y nuestras mañas, qué riqueza de idioma, qué verdadera aventura sin fin a la vista, y compartirla con otros, qué comunión de humanidad.




Foto Per Endström
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