El Dies Irae, una de las secuencias que sobrevivieron al tijeretazo del Concilio de Trento y que quedó integrada como parte de la Misa de Requiem, tiene sin duda una fuerza pavorosa; juicio final, llamas, trompetería justiciera, gritos, plegarias y lágrimas. Los compositores dulces no lo incluyen en su Requiem (verbigracia Faure y Rutter). Pero los dramáticos no pierden la oportunidad estupenda de sacar genio para demostrar lo que se puede hacer con tanta intensidad poética; allí están Berlioz, Lloyd Webber, Mozart y Dvorak entre los más conocidos. Y mientras más modernos más peliculeros, y esto no es un comentario peyorativo, la música clásica-académica-culta, ha encontrado su último-único espacio de supervivencia como música incidental, o que suene a tal; así se aceptan mejor, disonancias, atonalismos y combinaciones tímbricas espurias que en el marco tradicional de concierto moverían al aburrimiento o la incomprensión. A este toque cinematográfico se ha unido perfectamente el New Age, este minimalismo musical con toques étnicos; quedan así descritas las nuevas obras de los compositores más exitosos del momento.
Tres Dies Iraes de película… LLoy Webber, Jenkins… y Verdi; que no conoció el cine pero se merece un Oscar…
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Foto Per Endström