silencio interior
De la vida y de la muerte 22 de Julio del 2010
Ahora que he acabado el curso definitivamente; que finalmente cerré el capítulo de clases, memorias, exámenes y notas; me encuentro en el momento de perplejidad de cada año cuando llegan estas fechas del verano. Sin embargo aún no había tenido tiempo de sentir la depresión post parto tradicional, porque la ilusión y la dedicación al nuevo proyecto coral ha ocupado todos los espacios restantes de mi atención. Pero ahora que esto también está prácticamente sobre ruedas, llego al territorio sensorial que identifico como silencio interior. Me cuesta escribir. La musculatura intelectual acusa el desgaste de un curso agotador en tantos sentidos. Me queda la reserva de adrenalina justa para un fin de semana con concurso coral. Aunque la dirección coral me es tan grata, la relación con las partituras y la poesía tan natural y gratificante, y compartir ese tiempo con los cantaires me hace tan feliz, que más que trabajo, muchas veces los ensayos y presentaciones son el descanso de todo lo demás. Pero casi se ha consumido la energía disponible; esa que no se crea ni se destruye sino que sólo se transforma, y que ahora debe estar en un estado gaseoso semipresencial, porque casi no la siento.
La lectura es buena compañera del silencio, así que me tomo unos días para leer. Hay temas pendientes, algunos importantes y otros más importantes; y muchos pequeños, de esos entre mecánicos y divertidos que me entretienen. Pero es tiempo de respetar este silencio que me exige paz y escucha. Lo mejor de no conocer el futuro es que el tiempo parece infinito. Infinitud, paz y silencio; que tienen su propia rima. La lógica de no insistir en ideas, en planes. Dejar la bandeja de pendientes pendiente, mientras vuelve la energía, otra vez transformada en fuerza, en voz y pasión.



Foto Per Endström
Es importante aprender a hacer paradas en el camino, para escuchar los sonidos del entorno, pero sobre todo para escucharse a uno mismo, ese ser interior que fácilmente amordazamos para que no hable, para que no grite cuando creemos y actuamos como si fuésemos otro.