Como marco, el Teatro Principal; la oportunidad, la séptima edición del Jazz Voyeur Festival. Al bandoneón Tito Castro, la sensibilidad personalizada; al piano el impresionante Vana Gierig, con todo lo que un pianista de jazz (o de cualquier género) podría desear. Y llenando todo el escenario, cada esquina, cada silla, la tapa del piano… Ute. Hace lo que quiere con su voz, pasa de registro de pecho a cabeza en un plis, hace fiorituras, imita una trompeta, silba, canta en alemán, francés, castellano, inglés. Baila, se rie, hace chistes, nos cuenta historias. Y agobia. Es difícil argumentar cuando no te ha complacido la actuación de un gran profesional. Tiene que ver con lo que me faltó, ternura, delicadeza, expresividad sin ornamentos ni efectos especiales. Ese ir ganándonos poco a poco, calentando al público de forma que pudiésemos entregarnos sin reservas. Pero no es el estilo, llegó, cantó, se movió y habló de una forma tan ¿imponente? que después de la primera pieza quedé estupefacta; soltó todo lo que tenía en la bola (perdón por la referencia beisbolera) a la primera. Después siguió una Lili Marleen tristona, que le sirvió para respirar y retomar el ímpetu y el swing. Cada canción y cada movimiento controlados milimétricamente. Cantó igual (de bien) canciones de Piaff que de Kurt Weill, hubo Piazzola como estaba anunciado. De bis el guapísimo Youkali de Weill, un portento de artista sin duda alguna. Pero.

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