En el blog El correo de las Indias, apareció el 21 de junio un muy interesante artículo titulado “4 ideas medievales que pasan por modernas y pueden hundirte en la crisis”. Largo título y un contenido más largo aún; pero por poco que tengamos curiosidad por entender la economía moderna, el esfuerzo de concentración vale para quedar sorprendentemene iluminados por su contenido. David de Ugarte firma este artículo que iré colgando en cuatro partes, las cuatro ideas que sostiene. Aquí la primera “El mercado es malo”.
El rechazo moral del mercado tiene una larga historia que se hunde en los orígenes de la cultura europea cristiana. En la sociedad medieval, estamental, donde la productividad agraria no aumenta perceptiblemente, el artesano mercader es subversivo para el orden social. Mejora su bienestar sin mejorar su sangre, cultiva saberes profanos ajenos al verdadero saber de las élites clericales, viaja y no acepta en su entorno el derecho de vientres, hace trabajar al dinero tomando el tiempo -que es unicamente divino- para si y su provecho… Predeciblemente la Iglesia lo rechaza: como dice el decreto de Graciano: “Homo mercator nunquam aut vix potem Deo placere” (“el mercader nunca, o casi nunca, puede agradar a Dios“), o dicho con las palabras del mismísimo Papa San León el Grande “es difícil no pecar cuando se hace profesión de comprar y vender“. Cuando Santo Tomás de Aquino incluye el comercio entre las actividades vergonzosas nadie se extraña.Hay en este rechazo católico del mercado también un oscuro temor a la sociedad pagana y al pujante (y rico) infiel musulmán, que desde la opulenta y rica Córdoba pone con su cotidianidad en cuestión que la sociedad cristiana sea la favorita de Dios. En el bazar, como antes en el foro se mantiene el culto religioso sí, pero a su alrededor los hombres buenos hacen arbitrios, los filósofos se encuentran con sus discípulos, vuelan las noticias, se hace política y, claro está, también se regatea, se vende y se compra. La síntesis es clara: la cohesión social de los andalusíes, su riqueza cultural e institucional y su propio culto se sustentan en el continuo y promiscuo intercambio que el mercado supone y que trasciende la mera compraventa.
El cristianismo nunca superó esto. El mismísimo calvinismo sólo asumió al comerciante tras confinarlo a su relación individual con Dios: la riqueza obtenida sería un símbolo de gracia y por tanto el mercado un mero espacio de compraventa donde el lenguaje de los precios expresaría la información necesaria para agradar a Dios, una idea subyacente luego en la famosa Mano Invisible de otro teólogo protestante, Adam Smith. Pero si los precios expresan la voluntad del Supremo (como información y/o incentivos), todo lo demás es ruido. La Economía heredaría una visión reduccionista del mercado que no vería tras las complejas interacciones culturales del bazar más que una mera serie de transacciones monetarias.
Mezcladas con mayor o menor fortuna todos estos trasfondos, todos estos valores antimercado, resurgen hoy incluso entre los propios emprendedores artesanos. Por ejemplo, cuando nuestro amigo Julen encuentra en la palabra ecosistema una alternativa a mercado. El mercado aparece en los relatos que resurgen con la crisis como un lugar agreste donde se compite, donde opera una mano invisible, una lógica interna que separa e impone al poderoso sobre el común, al capital sobre el trabajo.
Pero lo cierto es que incluso el mercado competitivo más unidimensionalmente considerado es un generador de cooperación que empuja hacia la eficiencia en el uso de los recursos. Y si nos ponemos ya en el modelo del capitalismo que viene la disipación de rentas empuja además hacia una innovación permanente. Es decir, cuanto más competitivo sea un mercado más cohesión social generará y más intrincada será la cooperación que produzca. Competitivo a las finales quiere decir que ningún agente tiene poder de decisión por si mismo, que nadie puede torcer las reglas del juego a su favor o apropiarse de rentas (cualquier cosa que exceda el valor social de lo que hace). Un mercado es competitivo cuando funciona como una pluriarquía: nadie puede imponer a nadie nada, las acciones de cada uno no afectan por si mismas a los demás.
Los pequeños, las iniciativas individuales, los emprendimientos, los innovadores, aquellos con menos recursos de partida, tienen tantas más oportunidades cuanto más amplio y competitivo sea el mercado. Si es necesario intervenir en los mercados -más allá de corregir precios mal estimados por la definición de propiedad como el de la polución o ciertos recursos no renovables- es para acabar con los monopolistas y la imposición de barreras artificiales como la mal llamada propiedad intelectual.
Lo que los emprendedores -en Madrid, en DF o en El Alto- necesitan es precisamente que se les deje jugar en igualdad de condiciones, que las grandes empresas, las redes de origen social o los grupos de poder -muchas veces en colusión con el estado- no impongan reglas que les exoneren de competir, les otorguen poder para imponer nada y les genere rentas indebidas. Menos mercado es más pobreza y más desigualdad, pero sobre todo menos libertad y menos oportunidades.



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