Realmente el vaivén comienza con las canciones de cuna, (nanas o berceuses, según lo finos que nos pongamos) y luego pasamos a los columpios, y aunque parece que el encanto es ir cada vez más alto y sentir el aire en la cara; esto es solamente una parte, lo que nos gusta es el balanceo.
El va-y-ven, más bien lento que rápido. Algunos pierden este gusto con la edad, otros no podemos evitar balancearnos en la mesa o en la fila del banco. A mi el movimiento me sale sólo, sin darme cuenta. Supongo que tiene un punto de consuelo, y otro de nerviosismo. Si llego de visita a una casa y hay una mecedora no dudo en sentarme allí, preguntando siempre si se puede (porque podría estar reservada para la abuela; o ser un adorno). Ya casi no hay mecedoras, no aparecen en las revistas de decoración (en las de country sí), no están en las vitrinas de las tiendas de muebles, y no me imagino nada más lejano a la estética posmo que una mecedora. Parece que es un objeto anticuado, vintage, cursi. El chinchorro y la hamaca no son sino mecedoras hiperbólicas; balanceo en extensión decúbito supina o dorsal, según los gustos. Es el eterno vaivén, tan humano y tan reconfortante que es más un pecado que una pérdida sacarlo de nuestras vidas.





Foto Per Endström