Primero se lo dice a Nemo, la frase original, luego en un momento de tensión Marlin se lo repite a Dori. La frase es idéntica, le dice Nemo.

Cuando nací, le dijeron a mi madre que tendría retraso mental producto de un parto demasiado prolongado que me habría privado de oxígeno el cerebro unos minutos. El único dato real era que no había llorado al nacer. Este diagnóstico fue prontamente rebatido por el pediatra que me vio después, y que le aseguró a mi mamá que aquella opinión era errónea, que su primogénita sería una niña normal. Pero el mal ya estaba hecho, la duda y el miedo estaban sembrados. El resultado fue una niñita sobreestimulada que dijo mamá a los 2 meses, habló como un perico antes del año y que bailaba y cantaba cuando otros apenas coordinaban la marcha, el salto y el galope.

La realidad se fue imponiendo sin sobresaltos, como suele suceder, la niña no fue retrasada y las precocidades de la infancia que auguraban alguna dotación especial quedaron en anécdotas familiares y veinte líneas del diario de una mamá primeriza y orgullosa.

Una vez me explicó un psicólogo, que las opiniones médicas sobre un bebé, aunque sean erradas y luego desmentidas con pruebas por otro profesional, tienen un efecto profundo en la psiquis de los padres. Porque aunque ya no creemos en chamanes ni oráculos ni curas que nos hablen de cielo e infierno, nos quedan los médicos como los últimos magos, conocedores de los misterios y leyes de nuestro cuerpo, este que sostiene nuestra vida moderna y descreída. También me explicó que en algún grado, variable y siempre subjetivo, el efecto de las profecías médicas podía llegar hasta los hijos y en parte condicionarles.

Entonces y sin darnos cuenta, nos pasamos la vida demostrando(nos) que los augurios estaban equivocados, que no tenemos ningún retraso, que somos normales. Aunque bajando la escalera de la universidad después de clases el viernes y ante un acontecimiento profesional comprometido, oigas claramente la vocesita de Marlin diciéndote: crees que puedes hacerlo todo, pero no puedes, Nemo.



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