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Artes visuales, Venezuela 13 de Abril del 2010
El humor venezolano se impone (o se superpone) siempre a las dificultades. Ahora con los recortes diarios de agua aparece esta propuesta para ahorrar el vital líquido. No sé quién es la Mamá que firma, no es la mia aunque me lo envió.





Foto Per Endström
El recorte me ha transportado al recuerdo de una historia de mi padre y de la sed que había donde él nació, Los Monegros en Aragón.
Él nació en una familia pobre en recursos pero muy rica por la cultura de su madre, mi abuela, y entre todos hicieron el esfuerzo para que él pudiese ir a estudiar a Barcelona, entre los años 1932 al 1936, y no pudo incorporarse a su primer trabajo porqué el día anterior había empezado la guerra.
Mientras estaba estudiando se alojaba en casa de un hermano de su madre, químico de profesión, y allí aprendió, entre otras muchas cosas, a ducharse.
A su regreso, en un lugar que no había agua corriente, llegó hacia 1968 o por ahí, y el agua de balsas de tierra recogida de alguna vaguada era repartida por el aguador con el carro-cuba estirado por un mulo, necesitaba de esa ducha que había aprendido a darse.
Se reían de él cuando en el corral, un espacio de la casa donde estaban las gallinas y se asomaban también las mulas, colgaba su regadera, obviamente de agua fría, y se duchaba. Nunca supe si cantaba, quizás si.
Recuerdo aún, en la casa de mis abuelos, el cuidado extremado en el consumo del agua que tanto esfuerzo costaba conseguir. Por la mañana nos lavábamos con un poco de agua que se vertía en una palangana, las manos y la cara, esa agua después se aprovechaba para fregar el suelo o regar las plantas. También se reutilizaba varias veces el agua de lavar las verduras.
Mi madre, que no pudo estudiar porque le partió la guerra, siempre animaba a los padres que les pedían consejo sobre si una hija debía o no estudiar, para qué, decían, si va a casarse. Ella, dolida por su carencia, les decía, tu hija es la que va a educar a los hijos, y cómo va a hacerlo si no tiene cultura.
De la gran cultura de mi abuela se beneficiaron primero mi padre y sus hermanos, y mis padres hicieron el esfuerzo de que sus nueve hijos vivos pudieran también estudiar. Mi bisabuelo, que era farmacéutico de pueblo en la mitad del siglo XIX, se esforzó en darle una cultura a su hija, la cual debía desentonar mucho en aquellos ambientes rurales de pueblo pequeño en una zona casi desértica.