Digamos que el uniforme de turista más visto incluye botas de trekking, botella de agua en la mochila, novio(a) y gorra. Se repite en calles y restaurants. Bueno, con excepciones. En nuestro hostal (“Villaverde”) hay una mujer que está en sandalias y casi no se mueve de la terraza que tiene esta vista espectacular con la montaña en frente. Es inglesa y estudia una partitura, podría ser pianista pues la he pillado moviendo los dedos sobre las piernas, pero también podría ser directora, raya bastante el papel. No he logrado ver de cerca la partitura aunque me parece una reducción de orquesta. De tanto en tanto oye un cd en un walkman, supongo que una grabación de la obra. Sí, obviamente la he observado sin animarme a hablarle. Para decirle qué, oiga yo también soy músico, y toco piano y dirijo, ¿y usted?. Además de sentir que la conversación no duraría ni dos minutos entre mi inglés y su concentración, me frena la cara de infelicidad que tiene todo el tiempo. Seria y con el seño fruncido, no invita. Ha venido a Deià y buscará lo que tantos antes que ella y que nosotros, tranquilidad, hospitalidad sin cotilleo, y paisaje.
Ah, los gatos. De todos colores y tamaños por todas partes. Hembras preñadas en cada calle. La primavera sin duda.









Foto Per Endström