Conocí en Caracas a un estupendo crítico musical llamado Daniel Salas, y tuve la suerte de ser alumna suya en clases de Estética, una de estas asignaturas oficiales en los estudios tradicionales de conservatorio. Sus críticas sin ser del estilo “saca pellejo” eran justas a la vez que mesuradas y muy bien escritas. Un día supe que se retiraba de la crítica; en la próxima clase que tuvimos no me aguanté y le pregunté si era verdad el rumor. Me lo confirmó y quedé atónita, más por su respuesta al “por qué” que por su decisión. Me dijo que el había crecido musicalmente al lado de muchos de los artistas que ahora le tocaba criticar y que le dolía la actitud que tomaban cuando las críticas no eran favorables; resumiendo, este trabajo secundario en su vida no le compensaba los malos ratos que en ocasions vivía después de las críticas. En aquellos tiempos lo consideré una debilidad, confieso que hasta me desilusionó un poquito. Caracas no era París ni New York (supongo que aún no lo es…) donde los críticos, casi semidioses, son capaces de destruir, o elevar a un artista hasta el Olimpo. Una ciudad con un intenso movimiento musical, sinfónico, coral, de cámara, pero con una gran inmadurez para lidiar con las opiniones adversas; podría resumir aquel tiempo como una época de mucha música y pocos críticos. Con la ópera era diferente, un mundo aparte donde se esperaban las críticas y los críticos especializados se daban gusto con propios y extraños. Porque la ópera tiene esto, es territorio de melómanos, todos son expertos, público, críticos e intépretes; y las críticas le ponían pimienta a la cosa; nunca supe de depresiones ni desplantes ante una crítica, aunque seguro los hubo. Quince años después vuelvo a acordarme de Daniel Salas, justo después de un concierto aquí en Palma, en el que ha participado mucha gente querida. Me he aburrido como una ostra con una obra que debía ser de una intensidad superlativa.
Y no me siento capaz de ir más allá.




Foto Per Endström
Lamento que se haya aburrido. No importa de qué obra se tratase, solo quería recordar que independientemente de que fuese una versión buena o mala, también a la hora de juzgar una interpretación influyen nuestras propias expectativas y nuestro estado de ánimo.
La vez que he escuchado con más gusto un sexteto de cuerda de Brahms fue en Menorca. El “sexteto” estaba formado por un nutrido grupo de violinistas jóvenes con un par de señores mayores al frente y un piano que situado detrás se encargaba de rellenar partes que faltaban o que se perdían. Desde un punto de vista técnico dejaba mucho que desear, sin embargo, era tal el entusiasmo de los chicos y el mío como oyente, que es uno de los conciertos en los que me lo he pasado mejor.