Una obra genial está más allá de cualquier interpretación, resiste las visiones personales, la flexibilidad de intérpretes y directores a lo largo del tiempo. Y muy especialmente, una obra genial está para que todos aprendamos lo que es arte. Y la mejor manera de conocer y aprender algo es entrar en contacto directo con ese algo, manosearlo, degustarlo, paladearlo. Desde la platea te acercas a medias al arte; no serás ni siquiera un poco artista si no te atreves a hacer, a cantar, a tocar, a copiar páginas de música que te permitan sentir cada nota, cada giro, descubrir las dificultades, a veces inalcanzables. Ser artista también significa arriesgar. Sólo arriesgando te mides y te encuentras con tus posibilidades y limitaciones.
Anoche escuchamos en la Catedral de Palma el maravilloso Requiem de Giuseppe Verdi, una obra resplandeciente; difícil para la orquesta, el coro, los solistas, una prueba de fuerza y “de esfuerzo” para el director. Oirla en la Catedral te da cuartelillo para escabullir la crítica, porque la acústica es simplemente horrible, todo se mezcla y se confunde. Pero el trabajo abrumador del conjunto estaba allí; imperfecto, a veces rústico, y a la vez extraordinario. Porque no tiene nada de ordinario escuchar 300 y tantas voces cantar esta obra que además se programa poco y nada; no tiene nada de ordinario escuchar a una orquesta formada por jóvenes abordar una partitura exigente más allá de dificultades técnicas, una obra verdiana que exige todo el coraje y toda la pasión que da la madurez. Siempre puedes quedarte con lo que no salió, con los fugados perdidos en la bóveda, con la gracia del Sanctus desvanecida, con algunos ataques imprecisos, con una afinación imperfecta a veces. No me quedo con eso, me quedo con el trabajo y el gusto de escuchar el Requiem, con la atención de los artistas involucrados, con la evolución de la obra a lo largo de semanas de ensayos hasta lograr un sonido hermoso en tantos momentos, con Jaehwan Jeong (tenor), con la portentosa Eugenia Bethencourt (soprano), con José María Moreno, que siempre te sorprende con su energía sin límites. Y me quedo con la organización, con esta Federación que hace magias desde la iniciativa de acercar el arte mayor a estos cantaires que cada vez quieren más, que van desarrollando el gusto por el reto y por descubrir nuevas partituras. Esta es la locomotora que hay que alimentar, la que puede en un futuro próximo arrastrar todo el tren de la música sinfónico-coral en la Isla, la que puede sorprenderte con novedades, con pasión y con proyectos extraordinarios.



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