Entre las posibilidades laborales complementarias que me planteé en mi juventud, estaba la de ofrecerme como pianista de emergencias. Tocando en conciertos donde al pianista oficial le hubiera dado un patatús a último momento. El servicio podía incluir salvar situaciones de órgano manualista y clavecín; y hasta pasarme a la percusión “in case of”. El director de turno sería indulgente con los errores ya que no había habido tiempo para estudio previo, y el chorro de adrenalina ante el descubrimiento de la partitura en pleno concierto garantizaba diversión y reto para rato. Eran tiempos en que los dedos y una buena lectura a primera vista permitían estas aventuras, con el valor añadido de que además de poderte equivocar con soltura cambiando una nota por otra, terminarían dándote las gracias… y pagándote!. Confieso que llegué a ejercer un parell de veces aunque jamás me hice tarjetas de presentación. El trámite empezaba con una conversación tipo “dime qué es lo imprescindible”, y el director o directora marcaba los compases en cuestión, además de los obvios donde el piano quedaba sólo, sin coro y sin instrumentos acompañantes. Si habían algunas horas entre la llamada desesperada y el concierto, tenía tiempo de estudiar las partes imprescindibles y reducir el resto de la partitura, básicamente convertir polifonías en acordes con ritmo, o transformar fusas en corcheas comiéndote por el camino toda nota de paso y bordadura que te pasara por delante. En dos palabras, llevar aquella música a su mínima expresión funcional y de forma medianamente convincente. Una horterada vamos; porque éramos jóvenes y empezábamos. En un medio profesional o suspendes el concierto o pagas a un súper lector de los que ponen todas las notas donde van y a la primera; que existen.
Yo iba de resabidilla con mis dotes de lectora hasta que me tocó presenciar lo que hacía uno de “los de verdad”, traductores instantáneos de música escrita a sonido, con un nivel impresionante de comprensión del estilo y capacidad de acompañar a un solista virtuoso. Ocurrió en Caracas, hace… ¿25 años?… no sé. Arnaldo Pizzolante tuvo que acompañar en un recital privado a Montserrat Caballé quien interpretaba un repertorio impresionista endiabladamente difícil de descifrar, estas partituras brumosas con cien acordes por aquí y por allá, llenos de alteraciones y cambios de armadura y de tempi, y ppp y sf y quédate aquí y espérame allá. Nada que ver con mis experiencias de emergencia de barroco, clásico y repertorio popular; aquello era música llena de tinta esparcida sin simetría, este estilo que te dificulta un montón anticipar lo que viene tres compases después. Sigo con la anécdota, llegué temprano a la estupenda casa donde se celebraría el recital, la terraza luminosa y amplia ya estaba preparada con el piano de cola y las sillas para el público. Pero sonaba un piano y no era el que tenía enfrente, así que seguí la música y llegué a una habitación con otro piano donde estaba Arnaldo “comiendo tecla” a tope (en venezolano diría “de lo lindo”). Nos saludamos y me contó que le habían avisado hacía 3 horas que el pianista de Dame Montserrat no llegaba a tiempo del aeropuerto, o algo así. Y allí estaba él mirando todo el repertorio, saltaba de una obra a otra, apuntaba alguna cosita y seguía. Le dejé sólo porque era obvio que no necesitaba ninguna compañía. Pasó un rato y nos colocamos en nuestros lugares de espectadores privilegiados; allí pude disfrutar de la voz celestial y exquisita de esta soprano inmortal… pero, si no cada minuto, al menos cada diez, miraba y escuchaba con la boca abierta lo que hacía Arnaldo desde el teclado.





Foto Per Endström