Todo viene de la infancia; o más o menos. Somos una continuación de lo que fuimos de niños, a mejores infancias posiblemente personas más equilibradas y felices. Seguramente el recuerdo de una buena infancia no es más que guardar a través del tiempo el sentimiento profundo de saberse amado y protegido. Sembrado el suficiente tiempo para que permanezca y se arraigue. Todos los hijos queridos son príncipes y princesas aunque la cuna no sea de oro. Son aquél carrocho de león que los padres muestran al mundo con orgullo. De los padres recibimos el primer modelo de todo, la primera referencia de cómo se hacen las cosas; especialmente de cómo vivir y relacionarnos con el mundo. Desde la confianza y la esperanza, desde el miedo y el pesimismo. Son nuestro modelo básico de amigos, de pareja, de economía doméstica, de gusto estético, de lenguaje, de cocina, de ambición profesional. Podemos rastrear en nuestra vida de adultos cada referencia y descubrir como no comemos hígado porque nuestra madre no lo comía; como tenemos pocas amistades porque nuestros padres no eran “amigueros”, el afán por encontrar una relación afectiva intensa, cariñosa, romántica, porque así eran ellos; el miedo a reclamar según qué cosas porque mamá era un poco cobardica; la pulsión de salir al mundo y vivir, porque tu padre decía “esto es aventura” cada vez que ocurría un contratiempo.
En el camino nos vamos modelando, combatimos nuestras referencias familiares para encontrarnos y re-crearnos; huímos del nido cálido y asfixiante buscando aire fresco, nuevo, propio. Algunos, valientes, van al psiquiatra un tiempo, para entenderse y entender su historia; otros cambian de mundo; otros olvidan y echan el cerrojo. El que busca ayuda lo hace porque tropieza una y otra vez, porque hay más dolor que alegría de vivir o porque se niega a ser consumido por la inercia. El tiempo de búsqueda habla de juventud, de energía y de cambio. De allí sale lo que somos en la mitad de la vida. Pero el tiempo sigue pasando, y de pronto te sorprende la vejez. Y curiosamente vuelves a parecerte a tus padres, a vivir como ellos, a repetir sus opiniones. Un día te oyes, sonríes y dices “no me lo puedo creer”, pero al día siguiente piensas “esto es lo que hay”. Ese día, el segundo, ya estás seguro de que has envejecido.
Quizá haya una vida después de la muerte, como hay una vida después de los padres; la cosa es que nos sorprenda descubrir que más allá de ambos, sea más de lo mismo.