La presencia de la Cocacola y su corte en la mesa, en casi cada comida, en cada restaurante, y por supuesto en los lugares de comida rápida, donde está en su nicho natural; me fastidia. Creo que es un empobrecimiento total no solo del paladar, también de la imaginación a la hora de acompañar las comidas. No es cuestión de “o agua o vino”, es que comer con Cocacola una comida rica de las que hacen “chup-chup” lo encuentro una ordinariez, con perdón. Ya la propia botellota de plástico es un adefesio que fastidia cualquier mesa medianamente puesta con su mantel y sus cubiertos. Al menos cuando había botellas de vidrio con aquella formita curvilínea no desentonaba tanto. Pero es una batalla perdida a menos que quieras volverte una pesada. Cuando los hijos se descuidan, pongo la botella de Cocacola en el suelo, y cuando la piden la levanto se sirven y la vuelvo a poner en el suelo; al menos no verla.
Quizá tenga que ver con mis raices, en Venezuela es costumbre comer con zumos de frutas; grandes y coloridas jarras, llenas de zumo dulce y con hielito, adornan la mesa. De parchita (maracuyá), de patilla (sandia), de piña, naranjadas, de guanábana, tamarindo, guayaba… o una jarra de limonada. Y si no te apetece fruta venga el te frío, y por qué no, alguna vez unas latas de cocacola, o seven-up. Con frecuencia cerveza fria y menos vino porque no es país productor, así que el vino en la mesa siempre fue para las ocasiones especiales. Y en casas con niños litros y litros de leche, en cualquier comida, blanquita o con chocolate de estos de mentira que hay en todo el mundo. Y en muchas casas agua y punto. El sabor, el de la comida, es el argumento. Vuelvo a la Cocacola. Dicen que crea adicción; la verdad es que creo que sí. No sé si es el gas y las burbujitas en la garganta, o solamente que es guay, moderna, del nuevo mundo; del norte del nuevo mundo. O la publicidad que la ha convertido en icono socialmente aceptado, fraterno, interracial, intergeneracional; todos nos encontramos ahí, alrededor de una lata de Cocacola.
Bueno, yo no.
4220 fotografías en 24 horas. La técnica se llama “Time lapse Photography“. Franklin Tello realizó este trabajo con su Canon DSLR 7D, y un lente de 17-40mm. Luego usó los programas Quicktime Pro y Final Cut Pro para emsablar todas las fotos. Estas fueron tomadas desde el Hotel Horizonte en la Bonanova, cerca del Castillo de Bellver. Y la música que le pone el toque final es el “Hymn” del inglés Moby, de su segundo disco (1995) Everything Is Wrong. A disfrutar… gracias a Maite que me envío el vídeo!
Nos pone al día, Joan Vives.



Foto Per Endström