No tenemos acciones en esta clínica mallorquina, pero deberíamos, o al menos nos tendrían que regalar alguna. En menos de 10 años nacieron allí Abril y Luci, me operaron de la apéndice y a Abril también, a Emili le trataron dos cólicos nefríticos, le pusieron 5 stents en dos tandas (infarto y angina) y le operaron un menisco. A Zoltan le arreglaron un fémur roto y al año siguiente le volvieron a abrir la pierna para sacarle placa y tornillos. A esto hay que agregar las múltiples visitas a urgencias con y sin suturas, mocos o diarrea (Abril y Luci), fracturas y esguinces (Zoltan y su mamá), otitis y dolor de huesos (Catalina) y perforación de tímpano (la mamá otra vez). En fin que es como un anexo de nuestra casita. Hemos visto las sucesivas remodelaciones y como las monjitas que te visitan cada día para saber cómo sigues se han ido poniendo viejitas (más) y hasta hemos escogido y cambiado de seguro para poder mantener nuestro club de salud de confianza. También he pasado algún mal rato, recuerdo una dermatóloga que no me trató nada bien y aquella mamografía horrorosa que conté en otro post. Pero estos dos malos recuerdos no pesan más que todo lo bueno. Vale, a Emili lo mandaron a casa cuando estaba a punto de tener el infarto, y al regresar una hora después estaban todos en urgencias corriendo.//. La clínica es una empresa, como toda la sanidad privada, no hay secretos en estas cosas, pero la imagen que tengo es de una empresa querida por sus dueños, cuidada, mantenida con cariño. No conocemos a nadie de la directiva, ni al Dr. Rotger, pero creo que sé quien es, siempre está entrando y saliendo de la clínica, come en el restaurant y toma el café allí. Y siempre se sienta con el personal, igual con médicos que con auxiliares y enfermeras. Cuando hemos coincidido lo observo con curiosidad. Quizá es el ojo del amo, o un buen equipo, o una buena administración o las tres cosas. Nosotros seguimos tranquilos de que en el circuito cotidiano que pasa por el Edificio de Sa Riera, el Instituto Ramón Llull y el colegio Eugenio López nos quede a tiro de piedra, la Clínica Rotger.




Foto Per Endström