Cuando yo era chiquita no existía Serrat, ni la salsa, ni Les Luthier, ni siquiera Los Beatles. Existían el Bach y Mozart de cada día, las canciones de Modesta Bor, Tom Jones, Engelbert Humperdinck, el repertorio venezolano de mi abuela, Los Melódicos… y Sandro. No se me ocurre un argentino más querido en Venezuela en aquella época en que Gardel todavía no formaba parte de mis referencias. Cuando leo que murió ayer me siento un poco más vieja la verdad; y un poco triste.
Mientras repaso datos de su biografía voy cantando “penas y penas y penas, hay dentro de mi y ya no se irán porque a mi lado tu no estás…”, sigo con “más nunca tendrás quien te quiera, lo juro por esta (beso en la cruz formada con los dedos) como lo hice yo”, y una de mis favoritas “rosa rosa tan maravillosa como blanca diosa como flor hermosa como me condena a la dulce pena de sufrir…” tenía algo de trabalenguas, con una letra infinita; jugaba a ver si podía cantar toda la primera frase sin respirar y luego la segunda, y así. Pero no eran tres canciones, era “Una muchacha y una guitarra”, “yo te amo”, “quiero llenarme de ti”… La verdad es que no me acuerdo del famoso movimiento de caderas, me acuerdo de la voz, de la dicción, era un cantante al que se le entendía cada frase a la perfección, creo que por eso podía memorizar tantas letras.
Era realmente guapo y perturbador, pero entonces era la voz, su forma intensa y convincente de cantar y sufrir, o al revés. Vivió un montón de décadas después de aquel tiempo que recuerdo, no lo vi envejecer, ponerse gordo o enfermar. Un día encontré un vídeo en el que se asomaba a la puerta de su casa, ya mayor, para saludar a sus fans, montones de señoras grandes, y lo quité rápido. Ese no era mi Sandro.
Lo bueno de morirse es que vuelves a ser el mejor que has sido nunca.
Descubierto en solamentemusica.es! Performance o acción pedagógica en pleno mercado de Valencia, este inusual escenario operístico forma parte del proyecto La ópera para principiantes




Foto Per Endström