Hoy he tenido la certeza de que la buena vida no es sino una aplanadora que va pasando por encima de las desgracias ajenas. Y ajeno es el vecino que sufre y el continente hambriento kilómetros más abajo. La buena vida avanza a su propia velocidad, que en unos es más tranquila y en otros más desquiciada, pero es la misma aplanadora. Van quedando atrás nuestros enfermos y muertos, amigos y familiares. No es que la vida sigue; es que la buena vida niega silenciosamente esas pérdidas y esos enfermos; y todas las desgracias del mundo que estén más allá. Ha desaparecido el luto interior que es el que importa. Y es una lástima, porque el luto era tiempo de reflexión más que de recuerdo. Pero hay tanta buena vida pendiente, esperando, que no podemos perder tiempo, porque la buena vida sigue; y es necesario aprovechar cada minuto para vivirla intensamente. Va pasando la aplanadora, seguimos trabajando, cantando, mirando positivamente hacia adelante. Y desde el asientico sobre los dos grandes rodillos de nuestra aplanadora personal, nos damos cuenta que no hay retrovisor.
Ayer fuimos al cine. El secreto de sus ojos. Juan José Campanella y Ricardo Darín. Créditos y ficha técnica en el enlace.
Yo todavía estoy dentro de la película. Sintiendo nostalgia de una historia que tiene de todo lo que necesitamos; belleza, profundidad, amistad, humor, amor. Y la otra parte que también necesitamos los artistas, precisión técnica, pulcritud, fraseo; aquí un fraseo argentino agridulce y delicioso como nunca/siempre. Pero también está el contrapunto extraordinario entre principales y ¿secundarios?. E ir despacio, contando despacio, mostrando y convirtiendo de a poco, la risa en estupor, el dolor en determinación, en obsesión que se contagia y conmueve. Miradas que descubren lo que no dicen las pruebas.
Y la confesión conocida de que lo cotidiano nos distrae de las pasiones ilusiones pendientes.



Foto Per Endström