Hoy he tenido la certeza de que la buena vida no es sino una aplanadora que va pasando por encima de las desgracias ajenas. Y ajeno es el vecino que sufre y el continente hambriento kilómetros más abajo. La buena vida avanza a su propia velocidad, que en unos es más tranquila y en otros más desquiciada, pero es la misma aplanadora. Van quedando atrás nuestros enfermos y muertos, amigos y familiares. No es que la vida sigue; es que la buena vida niega silenciosamente esas pérdidas y esos enfermos; y todas las desgracias del mundo que estén más allá. Ha desaparecido el luto interior que es el que importa. Y es una lástima, porque el luto era tiempo de reflexión más que de recuerdo. Pero hay tanta buena vida pendiente, esperando, que no podemos perder tiempo, porque la buena vida sigue; y es necesario aprovechar cada minuto para vivirla intensamente. Va pasando la aplanadora, seguimos trabajando, cantando, mirando positivamente hacia adelante. Y desde el asientico sobre los dos grandes rodillos de nuestra aplanadora personal, nos damos cuenta que no hay retrovisor.
Ayer fuimos al cine. El secreto de sus ojos. Juan José Campanella y Ricardo Darín. Créditos y ficha técnica en el enlace.
Yo todavía estoy dentro de la película. Sintiendo nostalgia de una historia que tiene de todo lo que necesitamos; belleza, profundidad, amistad, humor, amor. Y la otra parte que también necesitamos los artistas, precisión técnica, pulcritud, fraseo; aquí un fraseo argentino agridulce y delicioso como nunca/siempre. Pero también está el contrapunto extraordinario entre principales y ¿secundarios?. E ir despacio, contando despacio, mostrando y convirtiendo de a poco, la risa en estupor, el dolor en determinación, en obsesión que se contagia y conmueve. Miradas que descubren lo que no dicen las pruebas.
Y la confesión conocida de que lo cotidiano nos distrae de las pasiones ilusiones pendientes.
Tenía una lista de cosas pendientes para hoy, era larguita pero accesible, enviar un par de fotos y una carta de trabajo, escribir un artículito sobre el ukulele para “solamente música”, hacer unas transcripciones de unos vídeos de clases. Pero… Emili me bajó al ordenador “Plants vs. Zombies“, el juego más mega recontra chulo que hay rodando por la web, y del cual Abril y Luci están enganchadas hace semanas vía hermano mayor (quien nos pone al día de las novedades lúdico-cibernéticas), y entre el juego, pasear dos veces a Samba (una de ellas con las niñitas lo que es todo un placer, especialmente si como hoy, hay 7 perros más en el parque), comer y enviar las fotos, el día no dio para más… (son las 21h y en una horita comienza la sesión de tele nocturna; con lo que mi ejercicio humano en posición verticar dícese erguida, termina).
Como su nombre indica, (esta coma debe decirse en voz alta al leer) el juego va del enfrentamiento a muerte entre las plantitas que hay que plantar en el jardín de casa (primero el de adelante y luego el de atrás, que tiene piscinita) y las hordas de zombies de todo tipo que van entrando al jardín. Hay unas margaritas que producen soles que te dan puntos para comprar las distintas plantas que disparan, detienen, congelan, decuartizan o carbonizan a los distintos zombies, y para comprar por supuesto más margaritas. Resumo por qué no me gusta, me encanta: 1) no marea; los zombies se mueven siempre de izquierda a derecha, no van saltando de plataforma en plataforma, no hay rayos ni carreras de coches, no es tridimensional, y los gráficos tienen colores nítidos y sin más pretensiones , 2) es un juego de estrategia donde tienes que medir fuerzas entre tipo de zombie, tipo de planta y la distancia que te queda (si no paras a los zombies entran a tu casa y por supuesto te comen el cerebro, 3) como todo vídeojuego que se respete, tiene muchas alternativas, niveles, complementos (puedes comprar artefactos extras para la batalla, cuando tienes muchos puntos te permiten hacer mini-juegos paralelos al juego principal, aparece un diccionario con la historia de cada planta y zombie; entre ellos Michael Jackson, zombies buceadores, saltadores de pértiga…) y 4) (para abreviar y porque está servida la cena) la música es una pasada, suave, tranquila, no te cansa ni te estresa, puedes pasar 4 horas jugando y no te duele la cabeza. En fin, os lo recomiendo.

Hay mucha oferta de descarga gratuita, aunque el enlace que pongo es el del site de la empresa PopCap, los creadores del juego, que son los mismo del estupendo Bejeweld.
Abril, desde el ordenador de al lado, me pregunta cómo se llaman los barcos que van debajo del agua…
- submarinos, le digo.
Más tarde se le olvida y vuelve…
- Cómo era que se llamaba el barco debajo del agua?
Y responde Luci desde la cocina…
- ¡Titanic!
Es un aminoácido que está en montones de alimentos ricos en proteinas (carnes, pescados, en la leche materna, en quesos como el parmesano y el roquefort, en el jamón serrano…) y también en espárragos, tomates, setas y algas marinas, entre otros muchos. El glutamato puede obtenerse a través de la fermentación de la caña de azúcar o de diversos cereales convirtiéndose en un tipo de sal sódica que se utiliza como condimento, sazonador, o intensificador del sabor, industrialmente conocido como E621. También estimula la secreción de saliva y potencia la secreción de jugos gástricos. Hasta aquí nada del otro mundo, la cosa se pone interesante cuando en el año 2000 se demostró (ver la revista Nature de febrero) que es uno de los sabores básicos que reconoce la lengua; es decir, que en la lengua, además de receptores para los sabores salado, ácido, dulce y amargo de toda la vida, también hay receptores que identifican específicamente varios amimoácidos, y especialmente el glutamato sódico (la sal del glutamato). Esto en sí mismo ya es toda una revolución, para empezar hay que cambiar los libros de “medi” o “ciencias naturales”, y enseñar a los niños que no son cuatro, sino cinco sabores. Y para los adultos mayores de digamos, 40 años, quitarnos de la cabeza las telarañas de que el glutamato era dañino, se asociaba a la obesidad, era un condimento peligroso y provocaba el controvertido malestar llamado “síndrome del restaurant chino“; todos, argumentos descartados por decenas de investigaciones (ver aquí y también el punto de “seguridad alimentaria” en Glutamato monosódico). La cocina japonesa basada en alimentos poco cocidos o directamente crudos, permite reconocer este sabor sin que sea enmascarado por mezclas y guisos, más comunes en la cocina occidental
En 1908 el investigador Kikunae Ikeda de la Universidad Imperial de Tokio, identificó y aisló la molécula del glutamato monosódico en concentrados de caldo del alga kombu (Laminaria japonica), y bautizó este sabor como umami. Llevó su descubrimiento en 1912 al VIII Congreso Internacional de Química Aplicada donde explicó que “Un paladar atento detectará un rasgo común en el sabor de espárragos, tomates, quesos o carnes, un matiz bastante peculiar y que no puede ser encasillado dentro de ninguno de los cuatro sabores clásicos”. El Dr. Ikeda, asesoró a la compañía japonesa Aijinomoto Kabushiki-gaisha, para la producción industrial del glutamato, cuyo producto Aji-no-moto (traducido como “esencia del gusto”) es de amplia distribución en todo el mundo. En algunos países se le conoce como “sal china” (aunque sea japonés..). Casi un siglo después, las investigaciones ratifican su descubrimiento. Y ahora; a apuntarse en un curso rápido de “cata de umami”…





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