Hace semanas que tenía el proyecto de irme al parque donde paseamos a Samba, con una pala y un rastrillo a recoger las cacas de perro que los amos no recogen cada día. La razón es muy simple, me molesta la mierda abandonada. Cada mañana saco a la perra a este parque que es muy grande y con árboles, un lugar realmene estupendo en una calle paralela a General Riera, entre escondido y obvio. En una zona tiene pendiente y en otra un parque infantil con arena, hay papeleras con dispensador de bolsitas negras para recoger los excrementos, pero aún así un grupo importante de dueños de perros no recogen los regalitos de sus mascotas. En fin, que con la mano enyesada, Rutter y demás, tenía abandonado el proyecto, pero hace unos días me di el gusto, aunque suene raro. Me llevé a las peques “de excursión”, rastrillo nuevo, pala forrada con una bolsa plástica, tres bolsas a ser llenadas de joyería, y mucho entusiasmo. Abril remugó (refunfuñó) porque no le convencía del todo la excursión ecológista, pero se animó cuando le ofrecí llevar también a Samba; así que su aporte fue básicamente pasear a la perra mientras Lucía y su mamá se dedicaban a tan artística labor. Sin embargo, esto del rastrillo tenía su encanto así que algo recogíó aunque a la hora de meter la caca en las bolsas se desaparecía con Samba. Luci fue más fiel al propósito e iba avisando como buena ojeadora… “aquí hay mami”, “aquí hay una grandota mamá”, y así. Tres bolsas a tope fueron descargadas en un contenedor. Unas dos horas de actividad frenética que me/nos dejaron con una satisfacción especial, aún sabiendo que en pocos días o semanas la cosa estaría más o menos igual (ahora con las lluvias mejor no cuento cómo anda el pastel, perdón el parque).
Los caminos del Señor son misteriosos, y hay terapias ocupacionales que nos esperan en curiosas circunstancias… Eso sí, últimamente los seres humanos se dividen en dos grupos; los que recogen las mierditas de sus perros y los mierdas que no.

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