Compartimos con varios japoneses de vez en cuando, tenemos dos o tres restaurantes a los que vamos con frecuencia; conocemos a Yuko Mitsutani, pianista estupenda que hace que cualquier artista duerma tranquilo si es ella quien acompaña. Está también aquella amiga de mi hermana Iliana, Erei Tai (madre china y padre japonés, o al revés), compañera de estudios de mis hermanas en Suiza cuya amistad perduró muchos años, de hecho nos recibió en su casa y comimos en el restaurante de sus padres, la vez que estuve en Tokio. Pero ellos no están en casa cada día; nuestra familia japonesa es sin duda, la familia Nohara. Hiroshi, Misae, Himawari y el primogénito insoportable, Shinnosuke, alias Shin Chan. Cada día los tenemos con nosotros, si no los pillamos en TV3 llegan por ONO. Los conocimos hablando catalán, luego aprendieron castellano y ultimamente también nos visitan en japonés subtitulado, por aquello de que se sientan más cómodos hablando su propia lengua. Yo los soporto más o menos, aunque termino sonriendo ante las imprudencias y la mala educación de este niño, y les digo a las mías “eso no se hace, eso es ser mal educado, eso no se dice niñitas, sí, aunque sea verdad…”… y por ahí vamos aprovechando las salidas de los Nohara para seguir educando a las pequeñas que los adoran.
Con la muerte de Yoshito Usui, que no hemos explicado a las niñitas, me siento como guardando un secreto que en algún momento tendré que confesar; como mis padres buscando las palabras adecuadas para contarnos semanas después, que mi abuela había fallecido.





Foto Per Endström