Entre los artistas de música popular, hay una especie de ilusión por hacer alguna vez un concierto con orquesta sinfónica, muchos violines y chelos, timbales y madera. Creo que lo sienten (ellos, o sus productores) como una graduación, el premio a años de trabajo y éxitos. Pareciera que escuchar sus canciones en arreglos para gran orquesta les diera más categoría. La verdad es que siempre me ha parecido innecesario, por no decir una tontería suprema; especialmente porque se basa, la mayoría de las veces, en la idea (o el complejo) de que la música clásica es mejor; que el músico que toca en una sinfónica es más músico, y finalmente en que el repertorio quedará engalanado, se acercará, aunque sea por unas horas, al sublime mundo clásico, al mundo de la alta cutura.//. El concepto actual de música es tan amplio, su función social es tan compleja, los medios para expresar conceptos, ideas y sentimientos son tan numerosos, que hablar de que un género o un estilo músical es mejor que otro, o que unos instrumentos son superiores a otros, es como mínimo, una cursilada.//. Quién eres, qué tipo de música necesitas y consumes, qué edad tienes, dónde vives, dónde viviste, qué música se escuchaba en tu casa materna, cómo oyes, cuánto oyes, ¿quieres oir más o mejor?, ¿te interesa poder apreciar músicas distintas de tus preferencias habituales?… todo esto tiene que ver con el mundo de la música y la cultura, y se complementa y en gran medida se explica por la influencia de la industria discográfica. Nos gusta más lo que oímos con frecuencia, nos gusta más lo que asociamos con un sentimiento de felicidad y bienestar; y nos gusta más, lo que conocemos más.

Pero volviendo al punto inicial, ¿es que la música suena mejor en su versión sinfónica?, la experiencia auditiva me dice que para nada. Al principio impresiona, porque pasar de dos guitarras y una batería, a 80 músicos con sonido aterciopelado es todo un shock herziano, y que trompetas y trombones salsosos se reconviertan en trompas, oboes y corno inglés, es obligarte a aguzar el oído para reconocer lo conocido; como buscar al amigo bajo el disfraz que te sorprende. Recuerdo versiones de música tradicional venezolana con orquesta de cuerda, que fueron populares en los años 60 y 70; allí el cuatro y las maracas quedaban como una “guinda”, la cereza marrasquino sobre la gran tarta sinfónica… Pasa que la música clásica tiene buena prensa, tiene prestigio y solera.

Pero lo bueno y original no necesita más nada; no puede subirse de categoría una obra artística que ya tiene categoría propia. No escuchas a los Beatles en los dos discos que se grabaron con la Sinfónica de Londres (para la película All this and Worl War II), buscando a los Beatles, los escuchas buscando a Riccardo Cocciante cantando Michelle mejor que Paul Mc Cartney. No compras “Serrat sinfónico”, porque no es Serrat ni Sinfónica. Porque ciertos repertorios y estilos tienen un sonido que les es propio, y más allá, que les es idiomático. Plácido Domingo cantando rancheras y boleros, Sting cantando John Dowland. Puedes escuchar dos horas de Serrat sólo con Miralles al piano, o con una guitarra, porque allí está la esencia; lo otro es un vestido de ocasión, que no aporta nada, sin trascendencia.

Quedan los buenos arreglos; porque los milagros existen. No es cuestión de ortodoxias, creo que experimentar y probar combinaciones tímbricas, o buscar efectos verdaderamente curiosos y originales no es sólo válido sino imprescindible para que se pueda hablar de re-creación. Sigo esperando versiones distintas de las sinfonías de Beethoven, así como se disfruta de versiones distintas de Hamlet a través de los siglos. Cuando el mensaje puede desligarse realmente del medio, y seguir afectándonos emocional y estéticamente; entonces las versiones y los arreglos son una fuente de riqueza y de maravilla. Pocos lo logran, casi siempre nos llega un disfraz, una cosa pretenciosa y artificial; el vestido sinfónico que en vez de desvelar, reafirmar y enaltecer la maravilla, simplemente la asfixia, y la convierte en un producto más de la infinita estantería del supermercado musical.



Un comentario en “el vestido sinfónico”

  1. Francisco Sard | 07/09/2009 a las 22:53:50

    Ante todo ehorabuena por su blog y gracias por la atención que presta al mundo de la música clásica.
    El arte necesita de una cierta innovación. Es como el agua de un río, si se estanca, se pudre. Las versiones “sinfónicas” son un intento de renovar músicas conocidas a base de “vestirlas” con ropajes más complejos. No es que suenen mejor, suenan diferente, y esto ya es una renovación. Vende un poco más, que es de lo que se trata.
    Las orquestas sinfónicas han llegado a un claro nivel de estandarización, lo cual significa que también se llega a un cierto nivel de esterilidad a la hora de innovar. Piense que esta formación ha evolucionado desde tiempos de Haydn hasta Mahler de un modo siempre creciente. Hoy no. Una orquesta es una orquesta, y punto. No hay nada malo en ello. Un clavecín es un clavecín y precisamente hoy en día se recupera más música para clavecín que lo que se haya hecho nunca antes.
    La calidad de la música orquestal viene avalada por el filtro de los años. Naturalmente que se han escrito bodrios infumables pero no se tocan (o si se tocan por una casualidad, vuelven de inmediato al cajón).
    De igual modo en la música popular, dentro de unos años sólo nos acordaremos de los mejores y más representativos artistas del siglo XX (Los Beatles, Elvis Presley…por poner ejemplos).
    Si le interesa oir algo “diferente” le invito a que escuche el Concierto para Cuatro Saxofones y orquesta de Xavier Carbonell que nuestra sinfónica interpretará dentro de la temporada el próximo 4 de febrero. Independientemente de si le gusta o no, le aseguro que no habrá escuchado nada similar anteriormente.

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