No me molesta el calor, quizá un poquito cuando la humedad es muy alta y te apetece sacar la lengua como los perros, pero para medir lo espeso del aire. Olvidar con facilidad en qué día andas mola, aunque tenga que consultar la agenda para verificar si hay alguna reunión, cenita o recado pendiente. Arreglas cosas de la casa de estas que se arreglan en verano, se pinta un poco allí y se repara otro poco allá; si no haces, supervisas. Cada dia te acuestas más tarde, pero te sigues levantando casi igual de temprano, porque uno es así, mañanero, de luz, y de nervios de quedarse mucho en la cama. Esa mezcla de remordimientos por perder el tiempo y tener el ordenador mental a tope apenas conectas con la conciencia. Me encanta la tele así que veo más, también escucho más música, y leo, siempre menos de lo que quisiera. Y aprovecho para ir a clases de inglés, escribir un artículo con Toni que publicarán en Roseta, la revista de la Sociedad Española de la Guitarra, y descubrir un dolorcito nuevo en la laringe porque la tesis no avanza lo que debiera y la violonchelista del Rutter no me ha confirmado su participación.//. El verano es guay porque me parece que estoy en Caracas, y es mejor, porque no estoy en Caracas. Llevas poca ropa; aunque no vaya a la playa tengo colorcito y luzco mi tatuaje nuevo todo el día. Las niñitas son especialmente felices y Emili toca el chelo. Te puedes escapar a desayunar a Valldemossa, y casi cualquier cosa puede dejarse para mañana o dos días después. Vuelves a sentarte en el suelo a revisar enciclopedias con cosas que no salen en internet, y te ries porque todavía hay cosas que no salen en internet. Redescubres Odissea y National Geograhics para recordar lo que te gustan los documentales (esta noche hay uno sobre los animales que se usan en los laboratorios, que seguramente no veré porque estaremos sopant a la fresca con Musicantes). Tomo sangría. Pienso en gente que no veo hace mil años. Le digo a una hermana que se muda a Virginia que la quiero tanto. Cuento los días que faltan para reanudar mi vida normal.




Foto Per Endström