Me confiesa una amiga que sufre de este síndrome recientemente documentado. Como todo síndrome que se precie, tiene su propia sintomatología; el signo más evidente es la contracción involuntaria del pulgar cortando las llamadas telefónicas que se realizan en el móvil. Por ello se cree que su etiología está relacionada con las tecnologías de la información. Se sospecha algún vínculo con el llamado acto fallido, aunque no tiene nada de fallido, porque la llamada se interrumpe automáticamente, no importa en qué momento de la conversación se encuentre. El pulgar actúa con vida propia, se contrae y hace “clic”. Mi amiga se ha visto obligada a desarrollar una larga lista de explicaciones para justificar la acción: “se me acabó la batería”, “iba en el ascensor y no hubo cobertura”, “entré en un tunel”, “se me cayó el móvil y la batería salió disparada”, “un perro me mordió en el momento que hablábamos y tuve que cortar, lo siento tanto”… tiene plena conciencia de que no puede utilizar otro tipo de explicaciones como: “es que te habías puesto pesadídima”, “me llamaron a comer y me moría de hambre”, “el sueño me vencía y tu voz me arrullaba aún más”, “estaba tremendamente fastidiada con tu historia y me daba corte cortarte”, o simplemente usar el mallorquín “em sap greu” (me sabe mal) que es utilísimo en otras ocasiones, pero que por el móvil no se atreve con un “me sabe mal pero no me interesa para nada lo que me estás contando”; especialmente si una amiga está llorando desconsolada porque el novio la ha dejado.
La mente humana, sabia como pocas, ha desarrollado esta respuesta adaptativa, el síndrome de pulgar nervioso. No puedes controlarlo, no puedes medicarte, eres inocente. Siempre puedes cortarte el dedo, pero creo que las amistades prefieren que les cuelgues a verte sin pulgar.