Cate me envía un artículo de Vargas Llosa que apareció en “El Nacional” de Venezuela el pasado 24 de mayo, y recordé que había leído algunas de las novelas de la escritora asturiana. Tendría entre 13 y 15 años y me emocioné y lloré esperando los besos finales de sus historias; que llegaban puntualmente entre abrazos y confesiones. Y luego repetí las mismas lágrimas en las versiones de telenovela que se hicieron en Venezuela una y otra vez, repitiendo los argumentos y variando los protagonistas (o sus enfermedades). En la casa que tenían unos tíos en la playa, siempre había en algún rincón un par de novelas de Corín Tellado junto con dos pares de novelas de vaqueros. Tenían el mismo formato, pequeñitas, pocas páginas, con un dibujo a color en la portada que resumía el argumento, los títulos en cursivas y tinta suficiente para dejarte siempre los dedos manchados. Estas lecturas combinaban perfectamente con el run-run que acompañaba el balanceo del chinchorro y el calor pegajoso y tropical de nuestras playas; especialmente a las dos de la tarde cuando se convertían en el preámbulo ideal de una buena siesta, o animaban mi fantasía sobre los futuros encuentros románticos que soñaba.//. Jamás supe su nombre verdadero ni la nombraron en el colegio las profesoras de literatura que tuve, pero algunas de las señoras que venían a limpiar o planchar a mi casa sí tenían estas novelitas; y sin saber por qué, a veces me las imaginaba llorando de rabia cuando las protagonistas eran despojadas de su herencia, el novio se creía las mentiras horribles que le decían, o se moría el único familiar bueno que las protegía de la crueldad del mundo. Y encontraba muy curioso que nos parecíeramos en algo.//. Creo que cultura latinoamericana es también, haber leído alguna vez a Corín Tellado.
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LA PARTIDA DE LA ESCRIBIDORA
Por: Mario Vargas Llosa
Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado, la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado -humanístico y científico-, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada. La antropología generalizó aquella acepción a todas las manifestaciones de la vida de una comunidad -sus creencias, sus costumbres, sus ritos, sus vicios y valores- de modo que hoy nos encontramos en la prensa con expresiones como “la cultura de la manducación de carne humana”, la “cultura del contrabando”, “del fútbol” y de cosas aún peores. Ya nadie es inculto, todos nos hemos vuelto cultos de alguna manera, lo que constituye, sin duda, la apoteosis de esta civilización nuestra marcada por el sesgo de la frivolidad.





Foto Per Endström