No sé de dónde sacó mi mamá la frase, si de una radio novela, de una película o se la inventó. Pero cuando de jóvenes nos perdíamos un fin de semana por estudios, una gira de conciertos o una escapada con algún novio; siempre ponía cara teatral y decía “cuando los hijos se van”, y nos reíamos de su expresión. Quizá era para hacernos sentir culpables de dejarla en casa mientras nos íbamos de parranda, o quizá para hacernos ver que la “salidera” se estaba pasando de la raya. Treinta años después, creo que empiezo a entender el verdadero sentido de aquella frase… cuando los hijos comienzan a tener vida propia, a independizarse, cuando sus planes y su tiempo ya no dependen de nosotros; cuando ya no nos “piden permiso” ni consultan, sino solamente nos informan. No pasa de repende, pero se siente repentinamente, se descubre al verificar que hace dos días no ves a tu hijo, que vive en tu casa, porque se fue a dormir casa de unos amigos, de la novia, porque llegó tarde y se fue a trabajar temprano, y no hubo encuentro posible. Y es el preludio a la independencia final; se cumplen las leyes de la vida… y te duele un poquito el corazón.




Foto Per Endström