En Venezuela hay un chiste viejísimo que va de un hombre a quien se le pincha un caucho, y cuando va a buscar el recambio en la maleta del coche, resulta que no tiene gato. Es de noche y está en una carretera solitaria, pero ve una lucecita a lo lejos y comienza a caminar hacia allá. Mientras va caminando comienza a pensar que el dueño de la casa lo estará viendo por la ventana y no le ayudará; que le negará el gato y tendrá que regresarse a quién sabe cómo arreglar su situación. Y sigue caminando y sigue pensando cada vez cosas peores del dueño de la casita lejana, que no le abrirá la puerta, que le dirá que su gato se dañó o que lo tiene prestado; que no le prestará el teléfono y quizá hasta le niegue un vaso de agua. La cosa va a peor, y cuando finalmente llega a la casa y toca el timbre, aunque un hombre con cara amable le abre la puerta, le grita diciéndole que agarre su gato y se lo meta por…
Iliana y yo somos especialistas en “gatos”; ya le decimos así cuando ante una situación que está por resolverse y que requiere la participación de terceros, nos ponemos paranóicas: me dirán que no, no abrán entradas, se perderán las partituras por el camino… por hablar de mis gaticos de las últimas semanas. Es el “piensa mal y acertarás” de toda la vida pero llevado al absurdo nocturno y gastrointestinal. Iliana lo lleva peor porque es capaz de decirte que “te metas el gato” si te la cruzas entre la habitación y la cocina. Lo mio es más comerme el coco y que se me acelere el corazón de sólo pensar en los fallos potenciales de cada nuevo proyecto. Soy incapaz de mandar a nadie a lo del gato… pero lo pienso.



Foto Per Endström