Seis señoras reunidas alrededor de una gran bandeja de “lacón con grelos”, vinito y buena onda, manteles bordados a mano por la anfitriona, que es gallega pero sabe hacer punto mallorquín. Intercambio de opiniones y datos técnicos sobre labores y recetas de cocina, todo de alto nivel técnico; de estas sesiones en que me quedo con la boca abierta disfrutando del conocimiento “doméstico” que persiste en algunas mujeres. Reflexionábamos en el postre sobre lo interesante de su generación, o del momento histórico que compartían, pues disfrutaban de los territorios ganados por el feminismo (y el capitalismo): posibilidad y espacio para el trabajo, vida social fuera de casa, un nivel importante de independencia aunque tengan nietos y esposos, y oferta tanto de ocio como de formación al alcance. Y a la vez guardaban los conocimientos del ámbito femenino tradicional; hubo quorum cuando comentaban que casi ninguna hija o nuera cocinaba, bordaba o tejía, en un nivel similar. //. Una mantelería en punto mallorquín lleva tantas horas de trabajo que se puede llegar a medir en años, especialmente si estás apuntada a la universidad de mayores y cantas en el coro y tienes 3 nietos.//. Le pregunto a mi amiga Maripaz si en verano me enseñaría a bordar, y me dice “claro, si tenemos tiempo”.