maestros

Categoría: Educación, Música
4 de Febrero del 2009

Pienso en Modesta Bor, con quien canté siendo una niña en el coro de la Escuela de Música Juan Manuel Olivares. Luego la reencontré mientras estudiaba biología en la Universidad Central de Venezuela, ensayando sus obras y arreglos con el coro de trabajadores de la universidad en los sotanos del Aula Magna. Y en la última etapa, visitándola en Mérida mientras preparábamos la publicación de sus composiciones y arreglos para coro de voces blancas. Modesta contaba, se quejaba, igual se sentaba en el piano y tocaba y explicaba alguna parte de su última obra, o preparaba un café y hablábamos de la vida y de la muerte. Cuántas de sus obras canté bajo su dirección, cómo me marcó su carácter a veces áspero y siempre interesante y profundo.

Pienso en Alberto Grau, muchos años de influencia directa, mirando cómo lo hacía, analizando cada gesto, haciendo mil preguntas y batiendo, batiendo, batiendo, hasta que los brazos respondían como él decía; como tenía que ser. Dejándolo hacer, decir, dejando que le diera forma a la muchacha dispersa, con un talento disperso y unos afectos más dispersos aún. Componer bajo su guía fue comprender la intuida relación entre texto y música, el valor de una sóla palabra y la fuerza del ritmo como motor de todo. Alberto ha sido maestro y escultor de tantos directores; su obra trasciende el pentagrama porque nos forjó en la profesión; con técnica, con filosofía; y con mucho trabajo. 

Pienso en Luigi Agustoni, que me regaló más de lo que nunca pude agradecerle. En la Abadía de Güigüe en Venezuela, en los cursos de Cremona; siguiendo sus pasos en Suiza. Ocho años de intermitente pasión por el gregoriano. Otra fuerza de la naturaleza, otro enamorado de la música y del mensaje, otro maestro exigente. Otro espíritu comprometido. Tengo sus libros, sus apuntes, su voz y su mirada; y una lección muy especial; que cuando se canta a Dios, después de haber hecho todo el trabajo posible, con toda la exigencia y la honestidad posible; sólo puede ser bueno el resultado.//. Después de una de nuestras misas cantadas nunca hubo un reproche, aunque hubiera sido justo o pareciera necesario. La lección había sido dada; quedaba el trabajo para el alumno de seguir el camino, si quería, y si podía.

Pienso en José Antonio Abreu; con esa capacidad de ver más allá, de llegar cada vez más lejos con las Orquestas Infantiles y Juveniles. Una reunión con el Dr. Abreu te cargaba las pilas por un semestre; te convencía de que no había nada mejor que hacer en el mundo que trabajar por los niños y jóvenes venezolanos usando la música como medio, como pretexto, como sueño. El Sistema se te queda pegado a la conciencia y al corazón.

Pienso en Renato Capriles, que me dio el gran regalo de aprender a respetar y disfrutar todos los géneros musicales, sin prejuicios; y fue el primero que insistió en lo más básico, en lo imprescindible; escuchar, escuchar con atención.

Todos tienen en común la pasión, el conocimiento, la dedicación ilimitada en horas y energías a su mundo artístico, creativo, formativo. Todos tienen un mensaje para quien quiera oirlo y esté dispuesto a trabajar.//. Con los Maestros esa es la labor, escuchar, imitar, aceptar los retos, dejar que nos influencien, empaparnos de lo que tienen que decir, que dar. Valorando un tiempo que siempre es finito e irrecuperable.//. Al mirar hacia atrás reconocemos que fue un privilegio; y de una manera silenciosa pero contundente, sentimos el compromiso de pasar el testigo, de trasmitir algo de aquello que nos dejaron y que recogimos con admiración, trabajo y entrega.