Ante la pregunta hecha a una amiga sobre en qué momento había decidido divorciarse, me contestó que todo era cuestión de responder a una sencilla pregunta: ¿viviría mejor sin él?. Dijo que cada tanto y durante varios años la respuesta había sido “no”, por diversas razones. Un día la respuesta fue sí y supo que había llegado la hora. Y apuntó que vivir mejor era sobre todo, tener más tranquilidad y sentirse más contenta cuando estaba en su casa. Porque en la calle ni se acordaba del cretino (bueno, así le decía ella) pero al regresar cada tarde, se hacía evidente el malestar irreparable que existía.//. No había violencia en la relación, al menos no de la que sale en los periódicos. Recuerdo haber salido con ellos y haber estado varias veces en su casa; profesionales universitarios los dos, civilizados los dos, lectores los dos, buenos anfitriones los dos; bueno, la verdad es que mejor él.//. Dejé de verles y un día me llamó Cate y me dijo, ¿a qué no sabes quienes se divorciaron? fulano y mengana. Me impresionó, no porque no me pudiera imaginar que la relación no era buena, sino porque pensé que ya estaban acostumbrados a lo que tenían y les valía la pena seguir juntos. Digamos que creía que habían logrado un equilibrio inestable pero permanente, o algo así.//. Años después, cuando volví a ver a mi amiga ya soltera nuevamente, fue cuando le pregunté lo del momento. Me había olvidado del cuento hasta que me topé con los anuncios de “divorcios express” en la red. Otra vez la velocidad, otra vez correr contra el tiempo. Pasar años con una persona y terminar pegando la carrera. Me vuelve otra frase de siempre… “la prisa es plebeya”.
